Damnatio, In Memoriam
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Para Graciela. En paz descanses.

"¿A quién te pareces más?" preguntó mi abuela. “¿A tu padre o a tu madre?"

"A mi padre," dije entre risas. "Mamá dice que tengo sus ojos y su boca."

"Así es. Eres todo Vicente, todo él: un hombre bueno. Haz como él; haz feliz a tu madre, hombrecito."

Entre sus cariños levanté la vista y, sonriendo, contesté:

"Mamá dice que también me parezco al abuelo."

Los ojos de Graciela se empañaron, los gruesos cristales de sus lentes refractando en diluvio sus lágrimas.

"Al abuelo, sí. Menos tus ojos."


¿Recuerdas, abuelo, el verde?

Es el color del mar, del añorado puerto al que jamás volviste, turquesa vaivén del oleaje.

Verde.

Así eran los campos, tu pequeño Edén, antesala de tu muerte; el final lo pasaste entre verdes milpas, y con ellas te has marchitado.

Verdes eran tus ojos, como esmeraldas, dice mi abuela. Así lograste atraparla, con tentadora carnada posada en anzuelo cruel. Tarde se enteró de que no eran tus ojos joyas: eran los del matón, del asesino, del Halcón.


"¿Cómo era mi abuelo?" pregunté a mi madre.

Elena se recogió el cabello con una mano y me miró fijamente, sus verdes ojos susurrando aquello que los labios aún rehusaban decir.

"Era alto," dijo mi madre. "El rostro largo, la nariz huesuda, la piel canela. Tenía ojos verdes, como los míos; te lo habrá dicho tu abuela. ¡Habrase visto! Un prieto de ojos verdes."

Suspiró.

"Lo conocí poco. Yo era apenas una niña cuando él murió."

"No cuando él murió, mamá: cuando lo mataron. Me lo dijo mi abuela."


¿Recuerdas, abuelo, el blanco?

Es el color de lo sacro, de lo inmaculado, paloma que alza el vuelo y es ante Dios bendecida.

Blanco.

Me han dicho que así es la pureza, la inocencia que a mi abuela arrancaste, profanada por ti antes de sus nupcias: era tan solo una niña, su vestido de bodas una mortaja.

Ahora es anciana, abuelo. Así son ahora sus cabellos, nívea corona de la edad. Te recuerda con amargura, a ti entregada en matrimonio como recompensa por tus pecados, por tu más indecible crimen. Sucio está el lecho nupcial, manchado el linaje que dejaste tras de ti.


Limpió Graciela sus lágrimas y estrujó mi mano entre las suyas.

"Jamás los quise a ellos," dijo. "A tu madre, a sus hermanos. Me fueron forzados, uno y otro, cinco en total. Pero los amé siempre, como tu madre te ama, como yo te amo a ti."

Asentí con lentitud.

"Ahora eres un hombre, un hombre hecho y derecho. Todo esto debes saberlo, porque es de donde has venido."

"Lo sé, abuela."

"No seas como él, mi niño, aunque te haya heredado su rostro."


¿Recuerdas, abuelo, el rojo?

Es el color de la sangre, la vida derramada, el principio y el fin: Cinco veces derramada, cinco vástagos alumbrados, cinco herederos de tu mal.

Rojo.

Roja es la bandera pisoteada, el estandarte del comunista, del subversivo, del estudiante. Desde el suelo bebe vida, vida que tus puños golpean, vida que tus balas arrancan. Álzate soberbio y ungido, fiel sabueso del Estado.

Ahora mana de tus heridas, del malogrado tajo que te parte en dos la cabeza, donde el machete te ha mordido. Tres días tardarás en morir, tres días de agonía, un miasma en vida.

¿Quién te llorará, abuelo, sino la viuda y los niños a quienes dejaste sin un centavo?


Me paro ante tu retrato, abuelo, y es como verme en el espejo. El rostro largo, el mentón pronunciado, la afilada mandíbula, la nariz huesuda… soy una pálida copia tuya, la viva imagen de mi madre, fantasmal efigie del verdugo.

Pero no soy tú. No soy tus pecados, aunque mis raíces de ellos beban. Mis manos no están manchadas, aunque sea tu sangre la mía.

No sé, abuelo, donde yacen tus restos, tu carne alimento de gusanos, tus huesos vueltos polvo. Graciela hace mucho ha muerto: descansa en paz lejos de tu tumba, libre su alma, beato su recuerdo. Tus hijos no hablan de ti, tu nombre jamás es pronunciado; quizá eligen olvidarte a ti y a tu legado.

Pero yo no te olvido, abuelo, no olvido tu historia ni los llantos de Graciela. Por eso te recuerdo, por eso escribo esta elegía: para que sufra en la Tierra tu recuerdo como tu alma en el Averno.

"Who do you look like the most?" my grandmother asked. "Your father or your mother?"

"My father," I said between laughs. "Mom says I have his eyes and his mouth."

"That's right. You are all Vicente, all of him: a good man. Do as he does; make your mother happy, little man."

Among her affections I raised my eyes and, smiling, I answered:

"Mom says I look like Grandpa too."

Graciela's eyes became misty, the thick lenses refracting her tears in a deluge.

"Grandpa, yes. Except your eyes."


Do you remember, Grandpa, the green?

It is the color of the sea, of the longed-for port to which you never returned, turquoise swaying of the waves.

Green.

That is how the fields were, your little Eden, antechamber of your death; you spent the end among green cornfields, and with them you have withered away.

Your eyes were green, like emeralds, says my grandmother. That is how you managed to ensnare her, with tempting bait perched on a cruel hook. Too late she found out that your eyes were not jewels: they were those of the thug, the murderer, the Hawk.


"What was my Grandfather like?" I asked my mother.

Elena held her hair up with one hand and stared at me, her green eyes whispering what her lips still refused to say.

"He was tall," my mother said. "Long face, bony nose, cinnamon skin. He had green eyes, like mine; your grandmother must have told you. Now that would be a sight! A prieto1 with green eyes."

She sighed.

"I knew him little. I was just a girl when he died."

"Not when he died, mom: when they killed him. My grandmother told me so."


Do you remember, Grandpa, the white?

It is the color of the sacred, of the immaculate, a dove that takes flight and is blessed before God.

White.

I have been told that this is purity, the innocence that you took from my grandmother, defiled by you before her nuptials: she was just a girl, her wedding dress a shroud.

She is old now, Grandpa. Her hair is that color now, snowy crown of age. She remembers you with bitterness, delivered to you in marriage as a reward for your sins, for your most unspeakable crime. Dirty is the nuptial bed, stained the lineage you left behind.


Graciela wiped away her tears and squeezed my hand in hers.

"I never wanted them," she said. "Your mother, her siblings. They were forced on me, one and another, five in total. But I always loved them, as your mother loves you, as I love you."

I nodded slowly.

"Now you are a man, a grown man. All this you must know, because it is where you have come from."

"I know, Grandma."

"Don't be like him, my boy, even if you have inherited his face."


Do you remember, Grandpa, the red?

It is the color of blood, spilled life, the beginning and the end: Five times spilled, five offspring birthed, five heirs of your evil.

Red.

Red is the trampled flag, the banner of the communist, the subversive, the student. On the ground it drinks life, life that your fists hit, life that your bullets rip out. Rise proud and anointed, faithful hound of the State.

Now it flows from your wounds, from the ill-fated cut that splits your head in two, where the machete has bitten you. It will take three days for you to die, three days of agony, a miasma in life.

Who will mourn you, Grandfather, but the widow and the children whom you left penniless?


I stand before your portrait, Grandfather, and it is like seeing myself in the mirror. The long face, the pronounced chin, the sharp jaw, the bony nose… I am a pale copy of you, the spitting image of my mother, a ghostly effigy of the executioner.

But I am not you. I am not your sins, although my roots drink from them. My hands are not stained, even if your blood is mine.

I do not know, Grandpa, where your remains lie, your flesh feed for worms, your bones turned to dust. Graciela has died long ago: she rests in peace far from your grave, her soul free, her memory blessed. Your children do not speak of you, your name is never pronounced; perhaps they choose to forget you and your legacy.

But I do not forget you, Grandfather, I do not forget your story or Graciela's cries. That is why I remember you, that is why I write this elegy: so that your memory suffers on Earth like your soul in Hell.

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