Coyote
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Llego a casa de Coyote al atardecer, cuando el sangrante sol del desierto se envuelve en mortaja de rojos y naranjas para ser tragado por el horizonte. Pronto vendrá la noche — el frío — y las estrellas vigilarán la tierra yerma.

Tierra.

En el desierto no hay más que eso: tierra y sol. Ni sombra, ni agua, ni almas que imploren la tormenta. Se aventurará a veces alguna nube que anuncie solitaria la lluvia que nunca llega, una blanca mentira que nos llena de desasosiego mientras el fuego celestial nos azota la vista y la piel. La poca agua que hay en el corazón del desierto es la que llevamos con nosotros— en el sudor de nuestra frente y nuestra espalda, en nuestras cantimploras y botellas cada vez más vacías, en las pocas lágrimas que nos permitimos llorar. Porque llorar es para los que se quedan, para los que aguardan, no para los que se van, no para los que cruzan más allá.

Llego a casa de Coyote y me apeo de la camioneta, llevando conmigo lo que me ha pedido. Mis pies levantan polvo del suelo muerto conforme me acerco al campamento. No es realmente una casa, pienso, porque las casas no van y vienen, no llegan y se van. Pero Coyote es así, errante, y consigo lleva su hogar.

"Al fin llegas, cabrón," me dice Coyote, sentado a la sombra de su tienda. Ha encendido fuego — o quizá ha bajado una estrella del firmamento — y junto a este calienta sus huesos. "¿Me trajiste el encargo?"

Asiento y pongo el paquete a sus pies, procurando no mirarlo a los ojos, aquellos ojos dorados que todo lo ven, que todo lo conocen en la penumbra del alma.

Coyote tiene jeta de indio viejo, de amargado sabio de épocas pasadas, de anciano gobernante de un mundo olvidado. Sus mejillas están hundidas como si tratase de devorar su propio rostro arrugado, como si quisiera volver a nacer. Su pellejo duro y curtido bebe vorazmente los últimos rayos del sol, la última sangre del día, rojo sobre rojo. Sus labios, partidos por la sed, se curvan en una sonrisa mientras sus manos nudosas alzan aquello que le he traído, aquel secreto tributo que solo yo le ofrendo.

"Pulque," murmura contento. "Agua y placer."

El fantasma de una risa baila entre sus colmillos mientras alza la botella y le da un trago largo como si de un beso se tratara, como si quisiera exprimir de ella cada gota de blanco néctar, insaciable. Después alza la cabeza y, mientras el frío nocturno se cierne sobre nosotros, aúlla. Es un aullido melancólico, herido, el lamento de un animal que se sabe solo en la inmensidad del desierto, del cosmos. Porque aquí solo hay lagartijas y culebras, animales rastreros que anidan a la sombra de plantas espinosas. Porque aquí solo estamos los desamparados, los desplazados, los que no tenemos casa o estamos tan lejos de ella que es como si no tuviéramos. Porque así es Coyote: un ser errante, un exiliado.

"Vámonos, Tecolote," dice ahora, relamiéndose, trenzándose los negros cabellos en una coleta. "Los niños estarán esperándonos."

Parpadeo y el campamento ya no está, la tienda poco más que un espejismo mal recordado, un sueño difuso y pronto olvidado. Queda aún la hoguera, una débil flama que aún se alza contra la inmensidad de la noche, desafiante. Coyote se abre el cierre de sus jeans y mea hasta ahogarla. Ahora solo sus ojos permanecen, dos discos de extraña luz que, desde la boca del abismo, observan.

No digo una palabra. No es prudente desafiar a un dios.

¿Te acuerdas, Tecolote, cómo te encontré?

Caminaste sin fin, perdido en el medio de la nada mientras el sol te arrancaba la piel, mientras la sed te ahogaba. Te había tragado el desierto, el infierno. A nada estabas de arrastrarte como las alimañas, de buscarte una piedra en cuya sombra morir. Le rezaste al crucifijo que llevabas colgado del cuello, al penitente que cuarenta días y cuarenta noches aguantó en el desierto para purificarse.

Pero él no te escuchó, ¿Verdad?

Aquí no hay ningún Jesucristo. Aquí solo estoy yo.

"Somos muchos esta vez," le digo a Coyote.

"Seremos menos cuando esto acabe," me responde con la vista fija en la pequeña muchedumbre que lo aguarda, impacientes todos por saber qué sigue. Han venido de muy lejos, desde más allá de la otra frontera, donde la selva se alza cual verde infierno, donde las maras acechan buscando tributo de sangre. Otros han cruzado el Caribe, desafiando el terrible abrazo de las profundidades, la furia de las tormentas, las fauces del tiburón. Muchos se han perdido ya; quienes aquí esperan — treinta o cuarenta almas — son los pocos que han logrado aguantar.

Coyote no se hace ilusiones. No puede salvarnos a todos. Nadie puede. Pero un dios protege a su gente, y eso es lo que hará. Mexicanos y guatemaltecos, hondureños y haitianos, salvadoreños y venezolanos: aquí todos somos iguales, hijos e hijas del dios errante. Nos hará bien recordarlo cuando estemos a merced de la sed y la insolación, solos en el inclemente desierto.

"¡Escuchen bien!" Coyote se alza sobre la multitud, su voz un trueno que acalla los murmullos. "Nos vamos. El viaje es largo; el camino es duro. Tres días bajo el sol, tres noches en el frío. Cuídense entre ustedes, los más fuertes a los más débiles. Allá afuera no habrá agua, no habrá comida, no habrá piedad… solo aquello que lleven con ustedes."

Un silencio reverencial se apodera de la muchedumbre. Han sacrificado tanto ya — sudor, dinero y sangre — que el brutal desierto parece poca cosa, un último obstáculo que atravesar para llegar a la meta: la gran carretera que se extiende más allá de la vista, primer bastión del Sueño Americano. En sus cansados rostros veo esperanza, la indomable semilla que espera germinar en la tierra prometida donde el todopoderoso dólar será nuestro santo patrono y redentor. A nuestras familias, a las bocas hambrientas que aguardan en lejanos hogares, solo les queda rezar.

Coyote marca el paso. Con largas zancadas adelanta a la procesión de hombres, mujeres y niños que avanza al cobijo de las estrellas. Temblamos cada vez que algún extraño sonido hace eco en la planicie vacía, pues somos peregrinos en tierra hostil. Los animales nocturnos, amos y señores del desierto, nos hacen saber que no somos bienvenidos. A lo lejos, un búho ulula una advertencia.

"Tenemos miedo," murmuro a Coyote. Él y yo lideramos la marcha, caminando como iguales.

"Hacen bien," responde el dios. "Cuando el tecolote canta, el indio muere."

Tecolote.

Así te llamé cuando despertaste al fin, cuando te arranqué de los brazos de la muerte. Tu nombre se lo quedó el desierto. Tu memoria se la bebió el sol. Pero yo te di aliento nuevo, y un nuevo nombre también.

Tecolote.

Porque ese fue el sonido que hiciste al renacer, el quejido que brotó de tus pulmones polvorientos, de tu garganta arrasada de tanto implorar ayuda. Fue el canto de un ave nocturna que rapta el corazón, el llanto de un nacido muerto que hace correr la sangre de nuevo.

Así fue como volviste de la casa de la muerte, del oscuro Mictlán. Te cubriste de cenizo plumaje, de suave manto de noche, y emprendiste el vuelo.

Tecolote.

Así fue como nos maldije a los dos.

El desierto se traga todo— personas y nombres, recuerdos e historias. Voraz, insaciable, devora incluso a los más experimentados, a aquellos que han sobrevivido ya a algún viaje y presumen — creyéndose leyendas — haber burlado a la muerte. Pero aquí no hay héroes, solo ecos perdidos que viajan con el árido lamento del vendaval, fantasmas que custodian cuerpos picoteados por los zopilotes. Aquí no hay siquiera quien otorgue santa sepultura, y los huesos de los muertos se blanquean bajo el sol.

Quienes aquí osamos entrar llevamos con nosotros todo lo que poseemos, todo lo que alguna vez fuimos. En el camino vamos dejando pedazos de nosotros— no solo sudor y aliento, sino nuestra fe. Se quiebra, se cae a pedazos y se riega por los suelos, nuestros sueños y esperanzas convertidos en polvo que se lleva el viento. Pero no se agota. Porque fe es lo que más hay que tener en un lugar como este: fe en que llegaremos con vida, fe en que nuestro camino no acaba aquí. Tras nosotros queda un rastro de esperanza, un hilo del que pende toda evidencia de que alguna vez existimos. Ese es el cordón umbilical que nos conecta aún con la tierra en la que nacimos; esa es la cuerda salvavidas que nos levanta cuando caemos. De ella hemos de tirar para acordarnos de quiénes somos, para no olvidar a qué vinimos. No hay peor destino en el desierto que morir sin más, sin haber siquiera visto la tierra prometida, convertido el cuerpo en un triste bulto entregado a los elementos y el nombre vuelto una palabra vacía, una estadística más. Lo lograremos. Debemos lograrlo, y por eso avanzamos bajo el sol.

Coyote es menos optimista. Cuenta a sus seguidores una y otra vez, una y otra vez, como si temiera que se esfumen ante sus ojos, como si el sol pudiese cegarlo y robarle el alma de alguno de ellos. No sería la primera vez que sucede.

"No falta nadie," le digo tras patrullar la retaguardia de la procesión; es mi trabajo ver que nadie se quede atrás. "Quizá esta vez lo logremos todos."

Lo noto intranquilo. El rostro del hombre se desvanece a ratos, dejando ver los largos colmillos del cánido. Algo lo ha alterado, algo que se acerca lento pero seguro, implacable.

"Nos están siguiendo," gruñe Coyote. Sus orejas se agitan un poco, atento al más imperceptible sonido que denote una amenaza, un intruso.

"¿Quién nos sigue? ¿La migra?" pregunto. Mi corazón da un brinco al darme cuenta de que somos demasiados: si aparece la patrulla fronteriza, no podremos huir, y los pocos que se salven se dispersarán en la inmensidad del desierto, perdidos hasta morir de insolación o ser cazados como ratas por los perros guardia.

"No." Coyote jadea con ansia. Sus ojos están desorbitados, y el pelo de su nuca se eriza. Se ha encorvado, adoptando la forma con la que vino al mundo. La piel del indio se cubre de pelaje rojizo mientras se pone sobre pies y manos. Sus orejas se vuelven puntiagudas, su mandíbula se estira hasta ser un hocico. Con voz silbante me da una orden: "Llévalos al río. Conoces el camino."

"¿Qué harás tú?"

El sagrado nagual no me contesta— simplemente ladra y echa a correr entre los matorrales secos que decoran el paisaje muerto, rastreando en el viento aquella presencia que se cierne sobre nosotros. Y así pierdo de vista a mi dios como lo he hecho tantas veces antes. Volverá, pues es este el único sitio al que puede retornar. En su trote lleva el recuerdo de mil viajes, el peso de mil generaciones de migrantes a quienes ha acompañado— y la culpa por todos aquellos a quienes no pudo salvar. Viaje tras viaje, los rostros se desfiguran en nuestra memoria, mezclados unos con otros en la trágica imagen del viajero que camina esperanzado hacia un destino incierto.

Es triste ver así a Coyote. Alguna vez fue un dios festivo, un divino músico y cantor, un bromista incansable que reía burlón mientras los otros dioses intentaban castigarlo. Cuando cantaba, los pájaros coreaban junto a él; naciones enteras caían embelesadas por su voz. Con su baile seducía a cuanto hombre y mujer había en su camino, y aún los dioses debían cuidar que sus esposas no se fugaran con él. Era Coyote el más grande de los cuentacuentos, el más hábil de los mentirosos: de sus engaños nacían las historias que con el tiempo se volvían verdades, los relatos y leyendas que dieron forma a la humanidad. Fue él nuestro gran patrono, aquel que dio vida a nuestras alegrías y carne a nuestros deseos.

Ahora, de ese Viejo Coyote no quedan más que mitos, aspectos y avatares fragmentados que no hacen sino recordar épocas pasadas, añorando los años cuando eran venerados y temidos. Pues Coyote es más como nosotros que cualquier otro dios, un ser dual que con una mano bendice y con la otra aniquila. Se alimenta de nuestros miedos, vicioso y sanguinario, un animal salvaje que no conoce amos. Él es el temor de dioses, la parte oculta y reprimida de nuestro espíritu, el negro espejo que refleja nuestros pecados. Pero en esta época tampoco tememos ya a los sobrenatural. Ahora los dueños del miedo son el hambre y la violencia, el azote del narco, la mano dura del Estado. ¿Qué le queda a Coyote sino nosotros, los humanos que alguna vez lo adoramos? Es uno de nosotros, un huérfano extraviado, un refugiado que huye del olvido, un paria entre los suyos.

Coyote es el más humano de los dioses, y por ello sufre.

Soy antiguo, Tecolote. Tu gente me llamó Huehuecoyotl — el Coyote Muy Viejo — porque fui el primer tramposo, el primero de los dioses en querer a la humanidad. Y así como fui el primero, soy ahora el último.

Los otros dioses se han ido, hijo mío. La humanidad los olvidó, los sepultó, y los dioses se marcharon. Volvieron a sus palacios, a sus hogares, al firmamento y al inframundo. Desde ahí observan, juzgando aún a su más grande creación, a su peor decepción.

Sólo yo me quedé, exiliado por mis hermanos, para hacerles compañía a ustedes. Quise darles alegría en la desgracia, refugio en la adversidad. Y por ello fui castigado, condenado a darles poco más que promesas, sentenciado a verlos sufrir. Porque los amo.

Por eso lloro, hijo mío. Por eso no hay más risas. Por eso los observo morir.

Paramos a la orilla del río, agradecidos de poder descansar en este lugar sagrado. Gruesas hileras de vegetación dominan las orillas del río, verdes hijas del agua. Árboles de espesa copa nos prestan su sombra; el pasto mojado acaricia nuestra piel tatemada por el sol. Dejamos huellas en tierra fértil, admirando este Edén que día con día resiste los embates del inclemente desierto.

La sed nos postra ante el río. Uno tras otro nos arrodillamos en la orilla, entre los lirios, y reverencialmente rellenamos nuestras cantimploras vacías. Los ancianos, agotados por la jornada, simplemente se sientan y remojan sus pies cansados, abatiendo el calor del medio día; el río les recuerda su hogar, un lugar tan distante que parece haber sido solo un sueño. No los acompaño: es mi trabajo vigilar a todos mientras Coyote no está, así que me paro a lo lejos, pendiente de cada peregrino que se refresca en el río, de cada niño que juega feliz entre los juncos. La calma no durará.

"¿Cómo cruzaremos?" pregunta Isabel. Contempla el agua con desconfianza, como si el peligro pudiese ocultarse justo bajo la superficie. En sus ojos flota el recuerdo del tempestuoso cruce en la otra frontera, sobre el puente de duro concreto que separa dos naciones hermanas— dos naciones cuyos hijos se odian. El río le trae solo angustia.

"De la única forma que podemos: a pie," contesto.

Isabel frunce el ceño y abraza con fuerza el bulto que lleva amarrado al pecho con tela multicolor: Mateo dormita tranquilo, ignorante de la preocupación de su madre. Apenas ha entrado al mundo y ya el destino lo ha arrancado de su hogar. No conoce nada, tan solo el calor de Isabel y la ternura con la que ella pronuncia su nombre. Para él, la tierra en que nacieron su madre y sus antepasados no será más que una fábula, una historia ajena. ¿Hablará la lengua de su gente? ¿Le enseñará Isabel a honrar sus raíces? Del otro lado del río, el español es el estigma del inmigrante, una marca de otredad tan poderosa como el color de la piel. A veces es necesario sacrificar la herencia por el futuro. Mateo aprenderá el idioma de los amos blancos y hablará como ellos; llevará en su corazón las virtudes del Sueño Americano y jurará lealtad a su bandera, ocultando por siempre el vergonzoso calvario que atravesaron él y su madre. Quizá así tenga una oportunidad de ser más que un marginado.

Contemplo a Isabel. Sus cabellos están maltratados por la resequedad y el viento árido; su frente está perlada de sudor. De su espalda cuelga una mochila llena de ropa vieja y pañales para Mateo, los únicos vestigios de su hogar. El poco dinero que le queda tras su largo recorrido desde Guatemala está guardado en una bolsa sellada que lleva oculta bajo la camiseta; el resto se lo ha gastado pagando a los distintos coyotes y autoridades migratorias que la ayudaron — o que por lo menos decidieron no violarla y desaparecerla — en su travesía por México. Ella es como todas las mujeres que alguna vez se aventuraron a través del desierto, a través del río: una sobreviviente, porque otra cosa no hay aquí. Quienes llegan hasta aquí no son valientes héroes, sino simplemente personas a las que no se les dio otra opción. Uno puede acostumbrarse a cualquier cosa, menos al hambre.

"Habrá ahogados," dice Isabel ahora. No es una pregunta, sino una declaración, una sentencia. Sus ojos siguen fijos en el río.

"No si tenemos cuidado," contesto. "No si evitamos las corrientes."

Mateo despierta hambriento, y con voz estridente pide alimento a su madre. Dejo sola a Isabel para que lo amamante, llevándome conmigo el peso de sus palabras. Ahogados habrá siempre, me dijo Coyote alguna vez, porque el río es como cualquier otro dios: un dador de vida, y un devorador de almas.

Mis hermanos me desterraron de los cielos. Me condenaron a vagar la tierra, a servir a los humanos que tanto amé. Así ha sido mi exilio, mi caída.

De desgracia en desgracia he caminado con ustedes como un igual. De dios no me queda mucho— soy tan solo un animal que aúlla a la luna, un simple guía que conduce a su gente a la tierra prometida sin jamás poner pie en ella. No muero, no duermo. Solo ando y ando, encontrando en el camino a quienes necesitan de mí. Les ofrezco entonces mi mano para que puedan levantarse, mi sabiduría para que sepan caminar mi senda, mi esperanza para que no pierdan la suya.

No puedo hacer más. Son otros quienes llevan las riendas del destino.

Coyote regresa en forma de hombre. Su silencio me dice todo: debemos irnos ahora.

"¡Uno detrás de otro! ¡Una sola fila, sin empujar!" dice a la multitud. Se ha metido ya al río; el agua le llega al esternón.

Corro de aquí para allá contando a los peregrinos, asegurándome de que todos sigan las instrucciones del dios. Un solo paso en falso — un solo empujón — y la tragedia caerá sobre nosotros. Los padres alzan a sus niños. Los hombres de fe se persignan. El río nos espera como un depredador al acecho, sus aguas un puño que ansía cerrarse sobre los pulmones de algún desafortunado. El Edén se convierte en purgatorio.

Uno tras otro, entramos todos al agua. Cierro yo la comitiva, el último eslabón en la cadena de almas que cruzan el río por su propio pie, pues aquí no hay barquero que nos lleve al otro lado.

Mis pies descalzos tocan el suelo fangoso, tratando de anclarse al lecho del río, de sujetarse a las piedras que yacen ahí como lápidas para las incontables almas que el agua se lleva año tras año. Aquí acechan remolinos que se enrollan como serpientes alrededor de los tobillos de los incautos. Traicioneras corrientes aguardan a sus presas, deseosas de azotar sus frágiles cuerpos contra las rocas. En este camino los errores se pagan con el aliento de la vida, con cuerpos hinchados que se pudren en los márgenes del río mientras las larvas de las moscas les devoran los ojos y la lengua, su carne convertida en inmundo festín hasta que no quedan ni los huesos. Así morimos olvidados, desprovistos de nombre e historia— meras estadísticas para las patrullas migratorias y los grupos de rescate.

El susurro de la corriente llega a mis oídos, amenazante, invitándome a tropezar, tentándome. Hago caso omiso. Ya una vez he muerto en tierra firme: mi piel ardió bajo el sol mientras los zopilotes me hostigaban, mientras mi lengua ennegrecida trataba aún de pedir auxilio. Fui arrancado del abrazo de la muerte por el dios que ahora me guía; renunciar a esta nueva vida sería insultar su sacrificio. Y aún así, una sombra se cierne sobre mi cabeza.

¿Qué más daría morir aquí, con los pulmones en llamas mientras el agua se apodera de ellos, mientras mi mente se asfixia en las profundidades? Sería tan fácil dejarme arrastrar, entregarme entero al río. Quizá así pagaría yo la deuda que tanto atormenta a Coyote, la deuda que sangra y llora con cada alma que el desierto y el río reclaman. Vuelta mi alma al Mictlán, ¿Gozarían los otros de mejor fortuna? Ese fue el precio que pagó el dios por mi vida, por su arrogancia. Avanzo apresurado, sintiendo la fuerza del agua que me empuja y trata de someterme, de arrastrarme mientras la sombra se acerca impetuosa, impasible. La voz de Coyote está lejos, tan lejos…

Un grito se eleva sobre el llamado del río, un grito que solo puede significar tragedia. Logro ver un punto que se aleja, un par de brazos que se agitan desesperados mientras se vuelven más y más distantes, una boca que suplica mientras el agua irrumpe en ella con voracidad. ¿Puede llorar un hombre que se ahoga? Aquel rostro indistinto, tan borroso a mi vista como lo será después a mi memoria, se contorsiona, se extingue. Pronto no habrá más gritos, y el río volverá a susurrar su perversa invitación.

De pronto, una figura salta al agua desde la orilla, donde ya varios peregrinos besan la tierra mientras otros miran con horror e impotencia a su compañero caído. Convertido en nagual, Coyote nada con todas sus fuerzas hacia el lugar donde hace segundos había un hombre. Patalea sin cesar, sin detenerse a pensar en quienes aún no estamos a salvo. Siempre habrá ahogados, me dijo alguna vez, pero él nunca dejará de intentar salvarlos. Su cabeza desaparece bajo las aguas, y sé que ha encontrado al caído.

Jadeando, tambaleándome sobre piernas temblorosas, llego a la orilla. Detrás de mí no hay nadie más que un Coyote empapado que arrastra con sus fauces un bulto inerte.

"¡Ayúdame, cabrón!" grita convirtiéndose en hombre. Tiramos los dos de aquel cuerpo, de aquel peregrino en cuyo rostro no hay más que silencio. Coyote presiona su pecho una vez, dos veces, soplando en su boca el aliento de la vida. Una vez. Dos veces. Tres. Silencio.

Y entonces la veo: veo la sombra del perro.

Él nos sigue siempre, Tecolote.

Nos pisa los talones al caer la noche, cuando las estrellas son sus ojos y el gélido fuego de los astros llueve sobre nuestras cabezas. No pierde jamás nuestro rastro en el viento, pues el viento es su hermano y su más cercano confidente. Ahí está él, en la sombra de la tormenta, en el rabillo del ojo, implacable como el relámpago.

Largas son sus garras, despiadados cuchillos de pedernal que exigen sacrificio; de sus fauces nace el fuego, cruel aullido del infierno. Hijos suyos son todos los monstruos, todos los terrores de la noche.

Temo al perro más que al hombre, hijo mío, pues el perro es la muerte que caza al coyote.

"Su nombre era Jaime," dice Coyote. Pronuncia el nombre con marcada lentitud, como si su boca paladeara cada letra, como si una sola palabra acunara la historia entera de aquel que se ha ido. Coyote sabe las historias de todos quienes con él viajamos, de todos quienes nos arriesgamos en la búsqueda de un sueño. Las conoce todas, aún aquellas que nadie contó jamás, incluso aquellas que existen solamente en la voz de los muertos. Por eso pronuncia ahora — ante el fuego que nos guarda de la noche, ante los fantasmas de viajes pasados — aquel nombre que alguna vez estuvo vivo y ahora no es sino una tumba ignota en la inmensidad del desierto.

Jaime emprendió el camino sin nada que perder. Atrás dejó solo un país en ruinas, una vida golpeada por la guerra contra las drogas. No tenía familia a quien cuidar o por quien ser recordado, tan solo la promesa que alguna vez vio en la televisión mientras afuera llovían balas: un mundo mejor que existía al otro lado del desierto, donde los horrores de la violencia y la miseria son solo historias que cuentan los desplazados como él, distantes recuerdos de una realidad de la que nada saben los gringos. Por eso valía la pena intentarlo. Por eso ha valido la pena fallar.

"Su nombre era Jaime," vuelve a decir Coyote.

"Jaime," repetimos todos. No lloramos. El nuestro es un coro solemne que no lamenta— tan solo recuerda. Recordamos su voz, las palabras que con él intercambiamos, los breves momentos en que fue más que un extraño que viajaba entre extraños. Recordamos su valor, su lucha, la vida que soñó con tener y que le fue arrancada. Recordamos su muerte. Honramos así el espíritu del fallecido, la memoria del que al río fue sacrificado. Contemplamos el fuego y reflexionamos, pues hoy ha sido él a quien han llamado, pero mañana… quién sabe. Quién sabe a quién se llevará la sombra. Quién sabe si alguien nos recordará a la hora de nuestra partida, a la hora de nuestra muerte.

Muerte.

Eso es la sombra del perro— una negrura taciturna que destaca aún en la oscuridad de la noche. Bajo el extinguido horizonte nos observa con ojos llenos de estrellas, inmóvil, pues sabe bien que no hay a dónde huir. Mientras nosotros honramos a uno de los nuestros, él ya fue y volvió, llevando el alma de Jaime al eterno descanso. Ahora espera. Y nosotros lo esperamos a él.

Ya muchos entre nosotros parecen querer darse por vencidos, asustados por lo que han visto hoy. Pero, ¿A dónde iríamos? Tras nosotros no hay más que desolación, no hay más que el río que ruge aun hambriento. Sabemos que volver significa perder la protección de Coyote, la seguridad del grupo. Volver significa perderse, extraviarse en el desierto como yo lo estuve alguna vez. No hay más camino que hacia adelante.

Con los pies llenos de ampollas, con la piel de la cara marchita y quebrada, nos acurrucamos junto a la hoguera para evitar que el frío nos devore los huesos y nos arranque el alma. Todos tenemos hambre, y nuestros estómagos lloran como niños desamparados mientras una lata de frijoles se pasa de mano en mano y de boca en boca. Algunos ofrecemos nuestra porción para que los niños y los ancianos puedan comer un bocado extra: la única misericordia que hay en el desierto es aquella que nosotros procuramos con nuestro sacrificio.

Coyote nos sonríe con tristeza.

"Esta es nuestra fuerza. Somos hijos del hambre, de la guerra, de la miseria. No tenemos casa ni patria; a duras penas tenemos dónde caer muertos. Venimos de muy lejos, y aún nos queda un largo camino por recorrer. Sólo nos tenemos el uno al otro, y esa es nuestra fuerza, el poder de nuestra gente. Los olvidados debemos recordarnos entre nosotros, pues no lo hará nadie más. Seré yo quien cuente sus historias aún cuando hayan muerto, aún cuando de ustedes no quede más que polvo y silencio. Los recordaré en cada cuento que hile, en cada relato que cuente a la luz de la hoguera, pues sus nombres los conozco todos, y sus historias también. Pero hasta que ese día llegue, les toca a ustedes cuidar del prójimo, les toca a ustedes recordar la fuerza que nace de la piedad. Esta es mi enseñanza para ustedes, mi último regalo: la semilla de piedad que ustedes deberán cosechar."

Así ha sido. Así será. Nos vamos a dormir cobijados por la enseñanza de Coyote, nuestros ojos cerrados mientras los suyos — eternamente abiertos — beben el cielo estrellado. Su vigilia no para, y no lo hará nunca.

Todos dormimos cuando la sombra finalmente se acerca al campamento. Yacemos ignorantes de la presencia del heraldo del Mictlán, ajenos al verdugo cuyas patas deformes transitan sin dejar huellas en el suelo árido. El aroma del rayo se apodera de la noche, y un rumor de cenizas en el viento llega a mis oídos. Todos duermen— menos Coyote, quien se adelanta a recibir a la muerte. Todos sueñan— excepto yo, pues en mi sopor escucho las palabras que cruzan el coyote y el perro.

Vendré por lo que es mío.

Ninguno de ellos te pertenece.

Aún. Todavía les falta un tramo de desierto. Ahí estaré esperando.

En el río te llevaste sólo a uno. Ha sido una mala cosecha para ti.

Entonces tomaré a quienes creas intocables. A los niños. A los jóvenes. A quienes lleven consigo la promesa de una vida larga. A menos que me lo entregues a él.

No. No puedo hacer eso.

Alguna vez fuimos amigos, Huehuecoyotl, y me habría apiadado de ti y de tus hijos. Pero traicionaste nuestro pacto— me quitaste un alma que era mía por derecho.

¿Y es por eso que los castigas a ellos? Míralos: son inocentes. ¿Por qué deben pagar ellos por mi error?

El descanso eterno no es un castigo. No para ellos.

Xolotl, por favor… ten piedad.

Qué cosa más triste eres: un dios que ruega.

Se marcha la sombra, tan silenciosa como llegó. En la noche flotan su implacable promesa y las amargas lágrimas de Coyote. Sé que Xolotl cumple lo que promete — esa es la manera de los dioses — y nos estará esperando. Mañana habrán menos de nosotros— y el día siguiente habrán aún menos. Mañana más almas marcharán bajo la sombra del perro.

Coyote no se hace ilusiones. Sabe que no puede salvarnos a todos, pero en su corazón sangrante, en lo más recóndito de su ser, desearía poder. Para él no hay consuelo. Este es el destino que eligió el dios cuando robó mi alma, cuando me dio mi nuevo nombre: donde el tecolote tenga ojos, la muerte llegará pronta. Así ha sido, y así será.

Los días se harán eternos bajo los pasos de Coyote — bajo el batir de mis alas — y nuestras sombras, alargadas por el sol, devorarán los nombres y rostros de mil generaciones. Donde caen las aguas de nuestro llanto nada crece, pues esta tierra yerma no conoce otra memoria que nuestras huellas, y pronto las borra el tiempo. Impermanentes, las almas van y vienen, olvidadas por el mundo y por los dioses.

Solo Coyote y yo, por siempre migrantes, recordamos. Recordamos todas las vidas. Recordamos todas las muertes. Recordamos todas las historias, y las contamos alrededor del fuego para que el desierto no se las trague. Así honramos a los que vinieron y se han ido, así guiamos a los que vendrán. Volará el Tecolote al abrigo de las estrellas, llevando en mis garras las semillas de nuestra gente, sus corazones llenos de esperanza. Aullará el Coyote a la luna, y en la eternidad resonarán sus lamentos.

I arrive at Coyote's house at sunset, when the bleeding desert sun wraps itself in a shroud of reds and oranges to be swallowed by the horizon. Soon the night will come — the cold — and the stars will watch over the barren earth.

Earth.

In the desert there is nothing more than that: earth and sun. No shadow, nor water, nor souls that implore the storm. Sometimes a lonely cloud will venture out to announce the rain that never comes, a white lie that fills us with despair while heavenly fire scorches our eyes and skin. The little water there is in the heart of the desert is what we carry with us— in the sweat on our foreheads and on our backs, in our increasingly empty canteens and bottles, in the few tears that we allow ourselves to cry. Because crying is for those who stay behind, for those who wait, not for those who leave, not for those who cross beyond.

I arrive at Coyote's house and get out of the truck, taking with me what he asked for. My feet kick up dust from the dead ground as I approach the camp. It's not really a house, I think, because houses don't come and go, they don't leave. But Coyote is like that, a wanderer, and he takes his home with him.

"You're finally here, cabrón," Coyote tells me, sitting in the shade of his tent. He has lit a fire — or perhaps he has brought down a star from the firmament — ​​and next to it he warms his bones. "Did you bring me what I asked for?"

I nod and put the package at his feet, trying not to look into his eyes, those golden eyes that see everything, that know everything in the darkness of the soul.

Coyote has the face of an old Indian, of a bitter sage of bygone times, of an elderly ruler of a forgotten world. His cheeks are sunken as if he were trying to devour his own wrinkled face, as if he wanted to be reborn. His hard, leathery skin voraciously drinks the last rays of the sun, the last blood of the day, red on red. His lips, cracked by thirst, curve into a smile while his gnarled hands raise what I have brought him, the secret tribute that only I offer him.

"Pulque," he murmurs happily. "Water and pleasure."

The ghost of a laugh dances between his fangs as he raises the bottle and takes a long drink as if it were a kiss, as if he wanted to squeeze every drop of white nectar from it, insatiable. Then he raises his head and, as the chill of night closes in on us, he howls. It is a melancholic, wounded howl, the lament of an animal that knows loneliness in the immensity of the desert, of the cosmos. Because out here there are only lizards and snakes, vermin that nests in the shade of thorny plants. Because out here roam only the homeless, the displaced, those of us who have no home or are so far from it that it is as if we did not have one. Because that is what Coyote is: a wanderer, an exile.

"Let's go, Tecolote," he says now, smacking his lips, braiding his black hair into a ponytail. "The children will be waiting for us."

I blink and the camp is gone, the tent little more than a misremembered mirage, a diffused dream soon to be forgotten. The bonfire remains, a weak flame that still rises against the immensity of the night, defiant. Coyote unzips his jeans and pisses on it until it drowns. Now only his eyes remain, two discs of strange light that, from the mouth of the abyss, observe.

I don't say a word. It is unwise to challenge a god.

Do you remember, Tecolote, how I found you?

You walked endlessly, lost in the middle of nowhere while the sun tore off your skin, while the thirst drowned you. The desert had swallowed you. You were about to crawl like vermin, about to look for a stone in whose shadow to die. You prayed to the crucifix that you wore around your neck, to the penitent who endured forty days and forty nights in the desert to purify himself.

But he didn't hear you, did he?

There is no Jesus Christ here. Here, there is only me.

"There are a lot of us this time," I tell Coyote.

"We'll be fewer when this is over," he answers, his eyes fixed on the small crowd that waits for him, impatient to know what follows next. They have come from far away, from beyond the other frontier, where the jungle rises like a green inferno, where gangs lurk looking for blood. Others have crossed the Caribbean, defying the terrible embrace of the deep, the fury of the storms, the jaws of the shark. Many have already been lost; those who are here —thirty or forty souls — are the few who have managed to endure.

Coyote is under no illusions. He can't save us all. Nobody can. But a god protects his people, and that is what he will do. Mexicans and Guatemalans, Hondurans and Haitians, Salvadorans and Venezuelans: here we are all equal, sons and daughters of the wandering god. It will do us good to remember it when we are at the mercy of thirst and sunstroke, alone in the harsh desert.

"Listen well!" Coyote towers over the crowd, his voice a thunder that drowns out their murmurs. "We are leaving. The journey is long; the road is hard. Three days in the sun, three nights in the cold. Take care of each other, the strong looking out for the weak. Out there, there will be no water, there will be no food, there will be no pity… only what you take with you."

A reverent silence falls over the crowd. They have already sacrificed so much — sweat, money and blood — that the brutal desert seems like a small thing, one last obstacle to cross before the goal: the great highway that stretches beyond sight, the first bastion of the American Dream. In their tired faces I see hope, an indomitable seed waiting to sprout in the promised land where the almighty dollar will be our patron saint and our redeemer. As for our families, as for those hungry mouths that wait in faraway homes, all they can do now is pray.

Coyote sets the pace. With long strides he passes the procession of men, women and children that advances at the cover of the stars. We tremble whenever some strange sound echoes across the empty plain, for we are pilgrims in a hostile land. Nocturnal animals, lords and masters of the desert, let us know that we are not welcome. On the low wind, an owl hoots a warning.

"We're scared," I murmur to Coyote. He and I lead the march, walking as equals.

"Rightfully so," the god replies. "When the tecolote1 sings, the Indian dies."

Tecolote.

That is what I called you when you finally woke up, when I ripped you from the arms of death. Your name was taken by the desert. Your memory was drunk by the sun. But I gave you new breath, and a new name too.

Tecolote.

Because that was the sound you made when you were reborn, the cry that came out of your dusty lungs, out of your throat ravaged from so much imploring help. It was the chant of the night bird that steals the heart, the weeping of a stillborn that makes blood flow again.

That was how you came back from the house of death, from the dark Mictlán. You covered yourself in ashen plumage, in a soft cloak of night, and you took flight.

Tecolote.

That was how I cursed us both.

The desert swallows everything— people and names, memories and stories. Voracious, insatiable, it devours even the most experienced of us, those who have already survived one trip and boast — believing themselves legends — about having cheated death. But there are no folk heroes here, only lost echoes that travel with the wind's arid lament, ghosts that guard corpses pecked clean by vultures. Here there is not even someone who will grant us a burial, and the bones of the dead lie bleached by the sun.

Those of us who dare to enter here bring everything we own, everything we ever were. Along the way we leave pieces of ourselves, not just sweat and breath, but our faith. It breaks, it falls to pieces and spreads all over the ground, our dreams and hopes turned to dust that the wind blows away. But it doesn't run out. Because faith is the most important thing to have in a place like this: faith that we will make it out alive, faith that our journey will not end here. Behind us we leave a trail of hope, a thread from which hangs all evidence that we ever existed. That is the umbilical cord that connects us to the land where we were born; that is the lifeline that lifts us up when we fall. We have to pull on it to remember who we are, so that we do not forget why we came. There is no worse fate in the desert than to die for nothing, to die without even seeing the promised land, our bodies turned into sad lumps left to the elements, and our names turned into empty words, mere statistics. We will make it. We must make it, and so we trudge under the sun.

Coyote is less optimistic. He counts his followers over and over, again and again, as if he fears they will vanish before his eyes, as if the sun could blind him and steal one of their souls from him. It wouldn't be the first time it happened.

"We're all still here," I tell him after patrolling the rear of the procession; it's my job to see that no one is left behind. "Maybe this time we'll all make it."

I notice he's restless. The man's face fades at times, revealing the long fangs of the canine. Something has disturbed him, something that approaches us slowly but surely, implacable.

"We're being followed," Coyote snarls. His ears twitch a little, attentive to the slightest sound that might indicate a threat, an intruder.

"Who's following us? La migra?" I ask. My heart leaps as I realize there are too many of us: if the border patrol shows up, we won't be able to flee, and those few who manage to escape will scatter into the vastness of the desert, lost until they die of heatstroke or are hunted down like rats by guard dogs.

"No." Coyote pants anxiously. His eyes are wide, and the hair on the back of his neck has stood up. He has crouched down, taking on the shape he came into the world with. The Indian's skin covers itself in reddish fur as he gets on his hands and feet. His ears become pointed, his jaw stretched out into a snout. With a hiss, he gives me an order: "Take them to the river. You know the way."

"What will you do?"

The sacred nagual does not answer me— he simply barks and runs away into the dry bushes that decorate the dead landscape, tracking the wind for the presence that looms closer to us. And so I lose sight of my god as I have done so many times before. He'll be back, because this is the only place he can return to. In his trot he carries the memory of a thousand journeys, the weight of a thousand generations of migrants whom he has accompanied— and the guilt for all those whom he could not save. Crossing after crossing, their faces become disfigured in our memory, mixed with each other into the tragic image of a traveler who walks hopefully towards an uncertain destination.

It's sad to see Coyote like this. He was once a festive god, a divine musician and singer, a tireless trickster who mocked the other gods as they tried to punish him. When he sang, the birds sang alongside him; entire nations fell to his voice. With his dancing he seduced every man and woman in his path, and even the gods had to take care that their wives did not run away with him. Coyote was the greatest of storytellers, the most skillful of liars: from his deceptions were born stories that eventually became true, the tales and legends that shaped humanity. He was our great patron, the one who gave life to our joys and flesh to our desires.

Now, all that remains of Old Coyote are myths, fragmented aspects and avatars who do nothing but remember past times, longing for the years when they were revered and feared. For Coyote is more like us than any other god, a dual being who blesses with one hand and annihilates with the other. He feeds on our fears, vicious and bloodthirsty, a wild animal who knows no masters. He is the fear of the gods, the hidden and repressed part of our spirit, the black mirror where our sins are reflected. But in this age we no longer fear the supernatural. Now the masters of fear are hunger and violence, the scourge of drug traffickers, the harsh hand of the State. What is Coyote left with but us humans, we who once worshiped him? He is one of us, a lost orphan, a refugee fleeing oblivion, an outcast among his own.

Coyote is the most human of the gods, and for that he suffers.

I am ancient, Tecolote. Your people called me Huehuecoyotl — Very Old Coyote — because I was the first cheat, the first of the gods to love humanity. And just as I was the first, I am now the last.

The other gods are gone, my child. Humanity forgot them, buried them, and the gods left. They returned to their palaces, to their homes, to the firmament and the underworld. From there they observe you, still judging their greatest creation, their worst disappointment.

Only I stayed behind, exiled by my kin, to keep you company. I wanted to give you joy in misfortune, refuge in adversity. And for that I was punished, sentenced to give you little more than promises, damned to see you suffer. Because I love you.

That is why I weep, my child. That is why there is no more mirth. That is why I watch you die.

We stop at the riverbank, grateful to be able to rest in this sacred place. Thick rows of vegetation dominate the river banks, green daughters of water. Thick-crowned trees lend us their shade; wet grass caresses our sun-baked skin. We leave footprints on fertile ground, admiring this Eden that day after day resists the ravages of the inclement desert.

Thirst has us prostrate before the river. One after another we kneel on the shore, among the lilies, and reverently refill our empty canteens. The old, exhausted from the day, simply sit and soak their weary feet, beating the midday heat; the river reminds them of their home, a place so distant that it seems to have been only a dream. I do not go with them: it's my job to keep an eye on everyone while Coyote isn't around, so I stand in the distance, looking out for each pilgrim cooling off in the river, gazing at each child playing happily amidst the reeds. This calm will not last.

"How will we cross?" Isabel asks. She regards the water suspiciously, as if danger might lurk just below the surface. In her eyes floats the memory of a harsh crossing on the other border, on the hard concrete bridge that separates two sister nations— two nations whose children hate each other. The river brings her only anguish.

"The only way we can: on foot," I reply.

Isabel frowns and tightly hugs her bundle, fastened to her chest with multicolored cloth: Mateo sleeps peacefully, unaware of his mother's concern. He just entered the world and already fate has torn him from his home. He knows little more than Isabel's warmth and the tenderness with which she speaks his name. For him, the land where his mother and ancestors were born will be nothing more than a fable, someone else's story. Will he speak his people's tongue? Will Isabel teach him to honor his roots? On the other side of the river, Spanish is the stigma of the immigrant, a mark of otherness as powerful as the color of one's skin. Sometimes it is necessary to sacrifice heritage for a better future. Mateo will learn the language of the white masters and will speak like them; he will carry in his heart the virtues of the American Dream, and he will swear allegiance to its flag, forever hiding the shameful ordeal that he and his mother have gone through. Maybe that way he will have a chance to be more than just another outcast.

I look at Isabel. Her hair is brittle because of the dry, arid wind; her forehead sweats profusely. On her back hangs a backpack full of old clothes and diapers for Mateo, the only vestiges of their home. What little money she has left after her long journey from Guatemala is kept in a sealed bag that she carries hidden under her shirt; the rest has been spent paying the different coyotes and immigration authorities who helped her — or at least decided not to rape her and disappear her — on her journey through Mexico. She is like all women who have ever ventured across the desert, across the river: a survivor, because there is nothing else here. Those who make it this far are not brave heroes, but simply people who were given no other choice. One can get used to anything but hunger.

"Someone will drown," Isabel now says. It is not a question, but a statement, a sentence. Her eyes are still fixed on the river.

"Not if we're careful," I reply. "Not if we avoid the currents."

Mateo wakes up hungry, and with a cry asks his mother for food. I leave Isabel alone to breastfeed him, taking the weight of her words with me. There will always be someone who drowns, Coyote once told me, because the river is like any other god: a giver of life, and a devourer of souls.

My brothers banished me from heaven. I was sentenced to wander the earth, to serve the humans I loved so much. This has been my exile, my fall.

From misfortune to misfortune I have walked with you as an equal. I'm not much of a god anymore— I'm just an animal howling at the moon, a simple guide who leads his people to the promised land without ever setting foot on it. I don't die, I don't sleep. I just walk and walk, finding those who need me on the road. Thus I offer you my hand so you can lift yourselves up, my wisdom so you know how to walk my path, my hope so you do not lose yours.

I can do no more. Others hold the reins of fate.

Coyote returns in the form of a man. His silence tells me everything: we must go now.

"One after the other! Single file, no pushing!" he says to the crowd. He has already entered the river; the water reaches his sternum.

I run back and forth while counting the pilgrims, making sure everyone follows the god's instructions. One misstep — one push — and tragedy will befall us. Parents carry their children. Men of faith cross themselves. The river awaits us like a lurking predator, its waters a fist that yearns to close over the lungs of some unfortunate victim. Eden becomes purgatory.

One by one, we all enter the water. I close the entourage, the last link in the chain of souls that cross the river under their own power, because out here there is no ferryman to take us to the other side.

My bare feet touch the muddy ground, trying to anchor themselves to the river bed, to hold on to the stones that lie down there like tombstones for the countless souls that the water washes away year after year. Whirlpools lurk here, coiling like snakes around the ankles of the unwary. Treacherous currents await their prey, eager to thrash their fragile bodies against the rocks. On this path, mistakes are paid for with the breath of life, with swollen bodies that rot on the riverbanks while maggots devour their eyes and tongue, their flesh turned into a monstrous feast. Thus we die forgotten, devoid of name and history— mere statistics for border patrol and rescue groups.

The whisper of the current reaches my ears, a threatening sound that invites me to stumble, tempting me. I ignore it. I have already died once on dry land: my skin burned under the sun while the vultures harassed me, while my blackened tongue still tried to cry out for help. I was torn from the embrace of death by the god who now guides me; to give up this new life would be to insult his sacrifice. And still, the shadow hangs over my head.

What would be wrong with dying here, my lungs burning as water fills them, while my mind suffocates in the depths? It would be so easy to let myself be swept away, to surrender to the river entirely. Perhaps this way I would pay the debt that torments Coyote so much, the debt that bleeds and weeps with each soul that the desert and the river claim. With my soul sent back to Mictlán, would the others enjoy a better fortune? That was the price the god paid for my life, for his arrogance. I wade forward, feeling the force of the water that pushes me and tries to subdue me, to drag me away, and the shadow approaches impetuous, impassive. Coyote's voice is far away, so far away…

A scream rises above the call of the river, a scream that can only mean tragedy. I see a tiny point that is quickly swept away, a pair of arms waving desperately as they become more and more distant, a mouth that pleads as the water rushes into it voraciously. Can a drowning man still cry? That featureless face, as blurred to my sight as it will soon be to my memory, contorts, pleads, disappears. Soon there will be no more screaming, and the river will again whisper its wicked invitation.

Suddenly, a figure jumps into the water from the shore, where several pilgrims are already kissing the land while others look in horror and helplessness at their fallen companion. Turned into a nagual, Coyote swims with all his might towards the place where mere seconds ago a man struggled against the current. He kicks incessantly, without stopping to think about those of us who are not yet safe. There will always be drowned people, he once told me, but he will never stop trying to save them. His head disappears under the water, and I know that he has found the fallen one.

Panting, staggering on shaky legs, I reach the shore. Behind me there is no one but a drenched Coyote dragging an inert lump between his jaws.

"Help me, cabrón!" he screams while turning back into a man. We both pull the body ashore, laying down the fallen pilgrim in whose face there is nothing but silence. Coyote presses his chest once, twice, blowing the breath of life into his mouth. Once. Twice. Thrice. Silence.

And then I see it: I see the shadow of the dog.

He follows us always, Tecolote.

He is on our heels at nightfall, when the stars are his eyes and the icy fire of the asters rains down on our heads. Never does he lose our trail in the wind, for wind is his brother and his closest confidant. There he is, in the shadow of the storm, in the corner of our eye, implacable as lightning.

Long are his claws, merciless flint knives that demand sacrifice. From his jaws is fire born, the cruel howl of hell. His children are all the monsters, all the terrors of the night.

I fear the dog more than I fear man, my son, for he is the death that hunts the coyote.

"His name was Jaime," says Coyote. He pronounces the name with marked slowness, as if his mouth were savoring each letter, as if a single word cradled the entire story of the one who is no longer among us. Coyote knows the stories of all who travel with him, of all who risk our lives in pursuit of a dream. He knows them all, even those stories that no one has ever told, even those stories that exist only in the voice of the dead. That is why he now speaks — before the fire that keeps us from the night, before the ghosts of past journeys — a name which was once alive and is now nothing but an anonymous tomb in the immensity of the desert.

Jaime set out on this road with nothing to lose. He left behind only a ruined country, a life made hard by the war on drugs. He had no family to care for or to be remembered by, only the promise he once watched on television while bullets rained outside: the promise of a better world that existed on the other side of the desert, where the horrors of violence and misery were only stories told by displaced people like him, distant memories of a reality that the gringos know nothing about. That's why it was worth trying. That's why it was worth failing.

"His name was Jaime," Coyote says again.

"Jaime," we all repeat. We don't cry. Ours is a solemn choir that does not weep— we just remember. We remember his voice, the words we exchanged with him, the brief moments when he was more than a stranger traveling among strangers. We remember his courage, his struggle, the life he dreamed of having and was torn from him. We remember his death. Thus we honor the spirit of the deceased, the memory of the one who was sacrificed to the river. We look into the fire and reflect, for today he was the one who was called, but tomorrow… who knows. Who knows who the shadow will take away next. Who knows if someone will remember us at the time of our departure, at the time of our death.

Death.

That's what the shadow of the dog is— a taciturn blackness that stands out even in the dark of night. From beneath the extinguished horizon, he watches us with eyes full of stars, motionless, knowing well that there is nowhere to run. While we honor one of our own, he has already come and gone, taking Jaime's soul to eternal rest. Now he waits. And we wait for him.

Many among us seem to want to give up, scared by what they have seen today. But where would we go? Behind us there is nothing but desolation, nothing but the river that still roars with hunger. We know that going back means losing Coyote's protection, the safety of the group. Returning means getting lost, being stranded in the desert like I once was. There is no way but forward.

With blistered feet, the skin on our faces withered and cracked, we huddle by the fire to keep the cold from eating away at our bones and tearing out our souls. We are all hungry, and our stomachs cry like helpless children as a can of beans is passed from hand to hand and from mouth to mouth. Some of us offer our portion so that children and the elderly can eat an extra bite: the only mercy that there is in the desert is that which we procure with our sacrifice.

Coyote smiles at us with sadness.

"This is our strength. We are children of hunger, of war, of misery. We have no home or country; we don't even have a place where we can drop dead. We come from far away, and we still have a long way to go. We only have each other, and that is our strength, the power of our people. The forgotten ones must remember one another, for no one else will. I will be the one to tell your stories, even when you are dead, even when there is nothing left of you but silence and dust. I will remember you in every tale I spin, in every story I tell by firelight, for I know all of your names, and all your stories too. But until that day comes, it is up to you to take care of your fellows, to remember the strength born of mercy. This is my lesson for you, my final gift: the seed of mercy that you must reap."

So it has been. So it will be. We go to sleep sheltered by Coyote's teaching, our eyes closed while his — eternally open — drink in the starry sky. His vigil has not stopped, and it never will.

We're all asleep when the shadow finally approaches the camp. We lie unaware of the presence of the herald of Mictlán, oblivious to the executioner whose deformed paws walk without leaving traces on the arid soil. The scent of lightning asserts dominion over the night, and a rumor of ashes in the wind reaches my ears. Everyone sleeps— everyone but Coyote, who steps forward to greet death. Everyone dreams— everyone but me, for in my slumber I hear the words that the coyote and the dog exchange.

I will come for what is mine.

None of them belong to you.

Yet. They still have a stretch of desert to go. I shall await them there.

At the river you took only one. It's been a bad harvest for you.

Then I will take those who you think are untouchable. Children. Young people. Those who carry with them the promise of a long life. Unless you hand him over.

No. I can't do that.

We were once friends, Huehuecoyotl, and I would have taken pity on you and your children. But you betrayed our pact— you took a soul that was rightfully mine.

Is that why you punish them? Look at them: they are innocent. Why should they pay for my mistake?

Eternal rest is not a punishment. Not for them.

Xolotl, please… have mercy.

What a sad thing you are: a god who begs.

The shadow leaves, as silent as it came. His implacable promise and Coyote's bitter tears float in the night. I know Xolotl keeps what he promises — that is the way of the gods — and he will be waiting for us. Tomorrow there will be fewer of us— and the day after that, even fewer. Tomorrow more souls will march under the shadow of the dog.

Coyote is under no illusions. He knows he can't save us all, but in his bleeding heart, in the depths of his being, he wishes he could. For him, there is no consolation. This is the destiny that the god chose when he stole my soul, when he gave me my new name: where the tecolote has eyes, death will soon follow. So it has been, and so it will be.

Days will grow eternal under Coyote's steps — under the beating of my wings — and our shadows, lengthened by the sun, will devour the names and faces of a thousand generations. Where the waters of our weeping fall, nothing grows, because this barren land knows no other memory than our footprints, and time soon erases them. Impermanent, souls come and go, forgotten by the world and by the gods.

Only Coyote and I, forever migrants, remember. We remember all lives. We remember all deaths. We remember all stories, and we tell them around the fire so that the desert does not swallow them. This is how we honor those who have come and gone, this is how we guide those yet to arrive. I, the tecolote, will fly sheltered by the stars, carrying in my claws the seeds of our people, their hope-filled hearts. The Coyote will howl at the moon, and his lamentations will echo through eternity.

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