My Fear Featherlight
rating: +9+x

El miedo y yo somos viejos amigos, cercanos como ninguno otro. Hablamos largos ratos en noches de insomnio, imaginando cómo será el futuro, ensoñando con ojos muy abiertos sucesos imposibles pero tan reales que parecieran acechar entre cada palpitación de mi corazón. A veces me sorprende tocando a mi puerta sin previo aviso; sus visitas son cortas, pero siempre deja tras sí algo para recordarle: pequeños obsequios que van desvaneciéndose poco a poco como el hielo que se derrite en un vaso de agua, fragmentos de sí mismo que susurran con su misma voz burlona antes de disiparse. Otras veces se hospeda durante días y soy demasiado cortés para pedirle que se vaya.

Sí, el miedo y yo nos conocemos bien. Y sin embargo, últimamente le he visto menos – apenas algún saludo si nos topamos en la calle, o una brevísima visita que acaba tan pronto como empieza. Cuando se anima a quedarse más tiempo, lo noto menos robusto, casi ausente, como si no estuviera del todo ahí y quien me visitara fuera tan solo su sombra. ¿A dónde vas, miedo mío, cuando sales por la puerta y te desvaneces entre la multitud? Me preocupa verte tan taciturno, tan cabizbajo mientras caminamos lado a lado en callejones poco iluminados. Me dan ganas de pedirte que vengas a comer a mi mesa, que nos sentemos como antes a ver una película y conversar sobre ella bien entrada la noche. Pero sé que no aceptarás, y no seré yo quien te obligue a explicar tus motivos.

Miedo amigo, no recuerdo la última vez que nos vimos. Hace tanto que no hablamos que el sonido de tu voz es un susurro apagado, hace tanto que no te veo que tu rostro está cubierto de neblina. Y sé que aún vagas por el mundo – lo siento en el tuétano de mis huesos y en el vello en mi nuca – pero esto lo sé como sé de la existencia de los peces abisales, como sé que algún día he de morir: tan distante y tan ajeno que bien podrías no existir. Miedo, no te busco pues no sé si deseas ser encontrado, pero donde quiera que estés, ojalá estés bien.

treedesert.jpg

Comienza a atardecer cuando llego al borde del peñasco. Aquí, la escasa vegetación del desierto se convierte en un océano verde que se extiende hasta alcanzar las faldas de los montes distantes, un pequeño edén en el medio del desierto inclemente. A lo lejos, el cielo está lleno de nubes, anunciando la lluvia que mantiene vivo al valle durante la mitad del año antes de esfumarse en el horizonte, llevándose consigo la abundancia y el verdor, regresando a la tierra a la yerma sequía en la que no crece sino la desesperación.

Enraizado en la roca inicia el Camino que debo transitar: un árbol de ramas raquíticas, su tronco estirándose hacia el vacío como si se tratase de una mano que implora al cielo, tan delgado que es imposible que soporte el peso de todos aquellos que lo han andado antes de mí. Y sin embargo, lo imposible no es obstáculo cuando uno sabe dónde mirar.

Me siento de piernas cruzadas ante el árbol, el viento juguetón silbando suavemente en mis oídos y a través de mis rizos. Quisiera cerrar mis ojos, dejarme llevar por la paz que se respira aquí, sumergirme en las sensaciones que me inundan el pecho, pero en vez de ello miro hacia adelante y atiendo la llamada del vacío.

Con la mirada fija en la ausencia que llena el espacio entre el cielo y la tierra, me dejo sobrecoger por la inmensidad. El infinito se proyecta ante mí en todo su esplendor, y no obstante sé que tomaría apenas unos segundos para que mi cuerpo golpeara el suelo y no se moviera más. Caminar en el aire – marchar sobre lo intangible – tiene un precio súbito y de un solo pago. Y aún así, todos quienes contemplamos el vacío sentimos ese impulso de lanzarnos para, aunque sea tan solo por unos segundos, conocer una ligereza que no nos pertenece; solo nos detiene algo dentro de nosotros, algo que se ancla al suelo con firmeza y no permite que cumplamos nuestra mortífero deseo.

Y ahí está él ahora, sentado en una roca junto a mí, mirándome con esos ojos penetrantes que ven el alma misma, su boca curvada en una sonrisa que anuncia el peligro.

“No estarás pensando en saltar, ¿Verdad?” Miedo pregunta burlón.

“No creo que me lo permitirías,” le respondo.

“¿Y quién soy yo para decirte qué hacer? Hace mucho tomas tus propias decisiones; yo solo te observo y me río cuando salen mal.”

“¿A eso has venido? ¿A observarme?” Le digo con más reproche de lo que desearía.

Miedo no me contesta inmediatamente. Se para al borde del acantilado y levanta una pierna como si fuera a dar un paso al frente, solo para retirarse cual bailarina haciendo piruetas justo cuando parece que va a tambalearse y caer.

“Sentado ahí nunca abrirás la Senda,” me dice. “Según recuerdo, el Toquido exige que te // vuelvas ligero//. Y es por eso, amigo mío, que estoy aquí: para que al fin dejes de buscarme. Es hora, aventurero, de decirnos adiós.”

La noticia es tan súbita como devastadora. Quiero protestar y decirle que no lo busco, que no he venido aquí esperando encontrarlo, pero las palabras se rehúsan a abandonar mi boca, se atoran en mi garganta y mueren en un quejido mudo que sabe a duelo. En cambio, se asienta en mi pecho el peso de sus palabras – ha venido a despedirse; este es el fin de nuestro camino. Es como recibir un puñetazo en el estómago. Me falta el aliento y mi boca está seca, incapaz de siquiera responder con algo más que una pregunta rota:

“¿Por qué?”

Miedo esboza una mueca agridulce, triste y consoladora a la vez, como si él mismo luchase por definir cómo se siente. La típica bufonería que lo acompaña se esfuma, y por un instante pareciese haber envejecido cien años. Poco a poco, su ausencia comienza a hacerme sentido, sus apariciones cada vez más fugaces hilando una imagen completa que me estruja el corazón cuando él finalmente responde:

“Ya no me necesitas, amigo. Debes dejarme ir.”

No digo nada. Nadie dice nada durante mucho tiempo, ni siquiera el viento, quien parece haber decidido que esta conversación amerita que nadie nos espíe. Miedo se sienta en la arena junto a mí; puedo sentir la tensión que crece entre los dos, como si cada uno esperase que el otro se echara a llorar mientras intentamos no ceder ante la angustia. Dubitativo al principio, firme al final, pone su mano sobre mi hombro y dejamos caer las primeras lágrimas.

Nuestro llanto es silencioso, apacible, casi resignado. Las lágrimas desaparecen al caer al suelo, devoradas por la arena insaciable del desierto; a duras penas queda alguna huella de que estuvieron ahí. Miedo chasquea los labios como intentando recobrar la compostura, y dice:

“¿Recuerdas cuando eras niño y tus papás salían a hacer el mandado? Muchas veces no querías ir con ellos; preferías esperar en casa y ver televisión o leer un libro. Te hacía sentir como un niño grande, ¿no? Ya no eras un chiquillo que necesitaba estar siempre pegado a las faldas de su mamá: podías quedarte tú solo, como todo un hombrecito. Pero a veces tardaban mucho – se entretenían en el mercado, o necesitaban ponerle gasolina al coche, o tan solo había tráfico. Y entonces tu fachada se derrumbaba, porque aquello no era más que una falsa seguridad que te daba el saber que la ausencia de tus padres no sería demasiado larga, que volverían pronto y todo estaría bien. Era entonces que yo tocaba a tu puerta, y afloraba en ti el terror de que algo les hubiera pasado, que no volverían más; a veces llorabas y suplicabas escuchar el sonido de la cochera abriéndose; una vez los vecinos tuvieron que consolarte porque no podías soportar más aquella sensación que te oprimía el pecho. De nada sirvió tu valor, ¿Eh?”

Miedo ríe y yo me sonrojo. Es cierto, admito para mis adentros mientras sonrío avergonzado.

“Fue de tus mejores trabajos,” le digo. “Pocas veces me he sentido tan asustado y luego tan avergonzado por haber sido cobarde.”

“No eras cobarde: eras un niño. Y ahora eres un adulto. Tus temores ya no son los monstruos que acechan en la penumbra de tu cuarto ni estar por tu cuenta. Incluso tus pesadillas son más adultas ahora, más propias de alguien que ha vivido y madurado. Piénsalo, ¿Cuáles han sido las últimas veces que nos hemos visto? ¿Cuándo fue la última vez que sentiste miedo?”

Tengo dieciocho años. El silencio reina en la casa excepto por el zumbar de la computadora, su tenue brillo partiendo la oscuridad de la madrugada. En poco tiempo sabré los resultados de mi examen – la diferencia entre el triunfo y tener que soportar la mirada decepcionada de mi padre cuando le diga que no logré ingresar a la universidad. La idea de verlo a los ojos, de escuchar su reproche – “debiste aplicar a más escuelas” – me estrangula como una enorme serpiente enroscada en torno a mi pecho. Las manos me sudan mientras refresco otra vez la página de la universidad, sumido en el más intenso insomnio en tanto no sepa los resultados que definirán mi destino. Miedo sonríe sentado al filo de mi cama: el único monstruo que espera en las sombras es el peso de mi propio fracaso.

Tengo veintitrés años. El callejón resuena con los quejidos de los drogadictos y maleantes reunidos en la esquina que alucinan visiones mientras el mal les corre por las venas. El corazón me late con fuerza mientras apresuro el paso, pero no es a los habitantes de la calle a quienes temo: ellos saben que cuido a los perros callejeros y me respetan por eso. No, lo que me preocupa es llegar a tiempo a casa para cenar, bañarme y dormir, sabiendo bien que mañana no puedo llegar tarde al trabajo otra vez. Imagino el ceño fruncido de mi supervisor mientras farfulla insensateces sobre una buena ética laboral y se persigna en el falso altar de la meritocracia, su máscara de cordialidad apenas ocultando que no le importo yo ni lo que ocurra fuera de la oficina. Estoy agotado, bañado en lluvia ácida que va y viene en el clima impredecible de esta ciudad monstruosa, pero no puedo parar. Mi vida y mi trabajo son una sola, y perder una es perder la otra. Miedo niega con la cabeza desde el porche de mi casa: estoy solo, y solo yo puedo mantenerme a flote.

Tengo veintisiete años. En las noticias una línea roja y quebradiza apunta hacia arriba mientras el presentador explica que el gobierno no ha logrado contener la violencia que azota el país. Mi madre expresa su inquietud mientras mi padre cambia el canal, pero yo solamente escucho las palabras como si cada una fuera un puñetazo en la barbilla Inflación. Desempleo. Crisis de desaparecidos. Crisis de vivienda. Narcoestado. Siento mis uñas hundirse en el pantalón hasta arañar mi piel, mi pierna rebotando intranquila mientras rechino los dientes. El futuro se cae a pedazos frente a mis ojos mientras el mundo sigue girando como si esperase que las cosas se resuelvan por sí mismas. Nadie está a salvo. Miedo está en el rabillo de mi ojo; cuando volteo, ha desaparecido, pero sus pasos hacen eco incluso cuando por fin apagamos el televisor: la única herencia de mi generación es la incertidumbre.

“Entonces, en eso consiste volverse ligero,” murmuro al fin.

Miedo suspira y se limpia las lágrimas. Nos ponemos de pie a la vez y contemplamos el valle. Silenciosas, las nubes se desplazan perezosamente sobre el horizonte sangrante.

“Sí,” me contesta él con franqueza. “No quieres que esto acabe, lo sé, pero es como debe ser.”

“¿Y si vuelvo a necesitarte?” Mi pregunta es más una súplica, un último intento desesperado de evitar lo inevitable. “¿Qué pasará entonces?”

Miedo niega con la cabeza.

“No lo harás, créeme; nunca lo has hecho. Todo lo que has logrado, todos los obstáculos que has superado, todo el sufrimiento al que has vencido… todo lo has hecho sin mí, y a veces a pesar de mí.”

“Pero–”

“Lo único para lo que me necesitas es para olvidar de vez en cuando que eres un adulto, para encerrarte en tu cabeza y recordar aquellas veces en que te despertabas aterrorizado en la noche e ibas al cuarto de tus padres para que te consolaran. Eran tiempos más simples, miedos más simples. Y esos miedos, amigo mío, existimos solo en la memoria.”

El cielo está pintado de rojo y dorado, las nubes vueltas rosa con el aliento de la tarde. Miedo sube al árbol, intangible y liviano, caminando de espaldas para que nuestros ojos se encuentren hasta el último momento.

“Dicen que cuando creces tu corazón muere, que la chispa en tus ojos se apaga y no vuelve más.”

Miedo esboza una sonrisa inmensa, espléndida. Tras su expresión burlona, rebosa de orgullo.

“¿Y sabes qué? Eso es una pendejada. ¡Estás más vivo que nunca!”

Y sin más, ya no está.

Camino en los pasos del miedo, libre de culpa, libre de la angustia de una niñez que ha pasado – mas no muerto. No nos veremos nuevamente en el camino, eso lo sé, pero sí en las huellas que dejamos cuando caminábamos lado a lado, en las memorias atesoradas y convertidas en la fuerza que empuja hacia adelante como el viento en las velas de un barco que desafía la inmensidad de un océano ignoto. El Camino está abierto; la Biblioteca espera. Y así, tocando a la puerta de lo desconocido, mi alma es aire y mis alas se extienden sobre el firmamento.

Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License