Requesón
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Para Efigenia, triunfante al fin.

Si te dijera que amaba visitar a Efigenia, estaría mintiendo.

Puruarán, lugar de manantiales, es para mí sinónimo de sudorosa humedad, de calor abrasador que se colaba por debajo de la puerta, de un sol de amanecer que tatemaba la piel cual tortilla en comal. En casa de Efigenia reinan los mosquitos, pequeños chupasangres que me hostigaban donde fuera, sitiándome en el cuarto de visitas, acechándome en la oscuridad nocturna. Para mí, visitar aquel pueblo, aquella casa, significa estar en guerra.

Y, aun así, había en mis visitas extraña magia, pequeños momentos de incomparable alegría, alegría la cual yo llamaba "abuela": Efigenia.

Si Efigenia hablaba, yo escuchaba: de su boca salían ráfagas de imponente voz, tropezando unas con otras, susurros casi ininteligibles pero repletos de autoridad.

Si Efigenia daba la bendición, renunciaba yo a mi herejía, sus arrugadas manos trazando el signo de la cruz sobre mi rostro y mi pecho.

Y si Efigenia cocinaba, acudía yo a la mesa a cumplir mi deber: comer todo cuanto me sirvieran en el plato sin chistar.

Mujer ceñuda, insondable como los campos de milpas que se extendían al horizonte, Efigenia libraba en su cocina odiseas, soportando el infernal calor de aquel horno dentro de otro horno. De sus cruzadas retornaba siempre portando un botín que todos gozábamos: sendos platos de espinazo, de mojarra y tilapia, de frijoles negros y humeante birria. Sentarme a la mesa era olvidar, mientras aún hubiese comida en mi plato, los disgustos y caprichos que hacían de mi visita un martirio.

De entre todos los placeres que de Efigenia nacían, había uno especial para mí. Del mercado traía ella bolsas frescas, llenas de incomparable delicia. En la mesa las ponía para deguste de todos sus hijos y todos sus nietos, deseosos de acabar con aquel manjar antes de que el calor lo echara a perder. Pero para mí, pecando de favoritismo, Efigenia guardaba siempre un último trozo níveo, suave y amargo: así era el regalo del requesón.

"No digas nada," me decía ella, envolviendo en una tortilla el último pedazo. "Y come, que sé que te gusta."

Cada vez devoraba yo el signo de su cariño, y en su severo rostro aparecía una sonrisa cómplice.

"Por algo eres el favorito," me decía mi padre, el menor de sus hijos. "¿A quién consiente Efigenia como a ti?"

Ha pasado tanto tiempo, abuela, y aún pienso en ti cada vez que mi boca prueba el requesón, amargo al principio, divino al final. Así ha sido tu partida, quiero pensar, tu liberación de tu cuerpo vuelto prisión. Te has ido beata, a reunirte con el abuelo, con tus hijos que partieron antes que tú, y tras de ti quedamos nosotros, legión de hijos y nietos, marcados todos por tu paso.

Por eso no te lloro, Efigenia. Porque a donde hayas ido, te seguiremos cientos.

Y a mí… ¿A mí qué me queda, sino mil recuerdos de tu amor? Algo tan suave y tierno perdura eterno, y así he de recordarte yo.

If I told you that I loved visiting Efigenia, I'd be lying.

Puruarán, "the place of springs," is for me synonymous with sweaty humidity, with scorching heat that seeps under the door, with a morning sun that burns the skin like a tortilla on a comal. Mosquitoes reign in Efigenia's house, little bloodsuckers that harassed me wherever I went, besieging me in the guest room, stalking me in the darkness of the night. For me, visiting that town, that house, means being at war.

Even so, there was strange magic in my visits, small moments of incomparable joy, joy which I called "grandmother": Efigenia.

If Efigenia spoke, I listened: from her mouth an imposing voice came out in bursts, tripping over each other, nigh-unintelligible whispers full of authority.

If Efigenia gave the blessing, I renounced my heresy, her wrinkled hands tracing the sign of the cross on my face and chest.

And if Efigenia cooked, I went to the table to do my duty: eat whatever was served on my plate without a single complaint.

A frowning woman, unfathomable like the cornfields that stretched out to the horizon, Efigenia waged odysseys in her kitchen, enduring the infernal heat of that oven within an oven. She always returned from her crusades carrying loot that we all enjoyed: plate after plate of espinazo, of mojarra and tilapia, of black beans and steaming birria. To sit at the table was to forget, as long as there was food on my plate, the annoyances and caprices that made my visit a martyrdom.

Among all the pleasures that were born from Efigenia, there was a special one for me. From the market she brought fresh bags, full of incomparable delicacy. She put them on the table for all her children and grandchildren to taste, eager to finish off that feast before the heat spoiled it. But for me, sinning of favoritism, Efigenia always kept one last snowy, soft and bitter piece: such was the gift of requesón.

"Don't say anything," she told me, wrapping the last piece in a tortilla. "And eat, I know you like it."

Each time I devoured the sign of her affection, and a knowing smile appeared on her stern face.

"You're her favorite for a reason," said my father, her youngest child. "Who does Efigenia pamper like you?"

It's been so long, Grandma, and I still think of you every time my mouth tastes requesón, bitter at first, divine at the end. This is how your departure has been, I hope, your liberation from your body turned prison. You have gone a blessed woman, to reunite with my grandfather, with your children who left before you, and behind you we remain, a legion of children and grandchildren, all marked by your passing through the world.

This is why I do not weep for you, Efigenia. Because wherever you have gone, hundreds of us will follow you.

And me… What do I have left, but a thousand memories of your love? Something so soft and tender lasts forever, and that is how I shall remember you.

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