So Our Love May Endure
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Para Erandi, siempre.

"Será esa mujer tu muerte."

Ha pasado tiempo desde la última vez que te escribí, y por ello te pido perdón.

Malos tiempos alumbran buenas historias, pero la mía parece haberse detenido. ¿Qué he de escribir que desconozcas aún?

Me he quedado estático, atrapado en el instante de tu partida. Te fuiste, y tras de ti has dejado un vacío tan grande como tu corazón, un hueco que no cierra, una herida que no sana. La añoranza me consume, me quema. Y yo, que por ti he vivido, tengo ganas de morir, de morir como lo ha hecho ese tierno lazo que nos une, ahora un recuerdo doloroso a la par que bello.

Quizá he muerto ya; de mí no queda más que un fantasma, el recuerdo cada vez más difuso de quien por ti pasaba noches en vela, acariciado por tu voz a través del teléfono, soñando con el calor de tu piel y la humedad de tu aliento.

Recuerdo cuanto de ti dibujaba en mi rostro una sonrisa: tu aroma en el viento, tu sonrisa al atardecer. Recuerdo el color de tu cabello, tus manos enmarcando mi rostro, la ternura con la que entonas mi nombre. Clandestinos fuimos, escondidos del mundo, lo nuestro un secreto a voces.

¿Recuerdas, cariño, las promesas del ayer? "Nunca" es más largo que "por siempre."

Ni siquiera sé si recuerdas quien fui. Quizá esto es la muerte: dejar de ser, como si nunca hubiera sido, el despertar de un sueño a medias recordado.

"Será esa mujer tu muerte," dijo la hija de la primavera.

Lo nuestro es ritual nocturno: la llegada clandestina, el ligero chirrido de la puerta; los primeros roces, tierno saludo de dos, de ella quien espera y él quien llega; una mano que tira, una mano que guía, que invita al visitante a explorar, a hacer suya entre las sábanas aquella piel, aquel cuerpo, aquella noche que se extiende, para nosotros, infinito.

Piel contra piel, puedo sentir el latido de tu corazón, tu lento respirar, acariciado por tus manos y por tus melancólicos suspiros.

Pequeñas muertes acentúan nuestro encuentro, instantes en los que la oscuridad nos arropa, el universo entero en un beso.

Mi corazón se detiene mientras miro tus ojos.

El camino de regreso a casa es silencioso, taciturna mi alma. A través del parabrisas empañado veo las luces de la ciudad que amanece, los últimos momentos de la noche moribunda, aquel cielo que poco a poco se torna azul.

He vivido este momento incontables veces. Al final del camino yace aquel lecho vacío, aquella mañana apresurada para llegar al mundo gris de la rutina y el trabajo. Eso es la vida.

En el umbral del día, renazco ajeno a ti, ensimismado por la mundanidad. Voy, vengo; el tiempo transcurre lentamente ante la espera de lo que vendrá.

La noche será nuestra, y sólo nuestra.

"Será esa mujer tu muerte," dijo la hija de la primavera.

Sonreí.

Una eternidad transcurre entre sueños. El despertar trae consigo el dolor de tu ausencia, la agonía de la pérdida.

Estás y no estás.

¿Cómo seguir, si no yaces aquí, donde mis manos puedan tocarte, donde mi corazón pueda cantar las palabras que mi boca es incapaz de pronunciar?

No es la soledad lo que atormenta; quien camina mi senda ha elegido el silencio y la paz.

No.

La angustia proviene de un lugar más profundo, de una herida íntima: el saberme arrojado del firmamento de tu afecto. De la gracia he caído, perdida la causa de mi lucha, extinguida la chispa de mi espíritu.

Me han dicho que serás mi muerte.

Sé cuánto odias que lo repita. Lo he sabido desde la primera vez que te lo dije y el miedo nubló tu rostro. Temes que sea cierto, que el corazón que te he entregado se marchite entre tus manos, que la angustia me consuma al fin, arrastrándome al fondo, lejos de ti, de toda ayuda.

Lo noto en tus ojos, en el temblor de tus labios mientras me imploras que no lo diga, que no haga eco de esa nefasta profecía.

Veo tu mano extendida y no sé si tomarla. Soy orgulloso, fiel paladín de mi dignidad. ¿Cómo he de saber que no es esto lástima, el mal de la caridad?

Resiento, aborrezco, odio. Quiero arrancar de mí este sentimiento malsano, esta putrefacción pulsante que me corroe y me envenena. Te difuminas en mi mente, como si el exilio de tu efigie pudiera sanar mis heridas.

No puedo poner sobre ti la culpa, el aplastante peso de la responsabilidad. Nada me debes. ¿Por qué, entonces, agonizo al escuchar mi nombre en tus labios?

"Será esa mujer tu muerte," dijo la hija de la primavera.

Sonreí.

"No mi muerte: la prueba de que alguna vez estuve vivo."

El ritual se repite noche tras noche. Temerosamente al principio, prudentemente; dar un paso en falso significa caer.

Tu tacto es distante, tu voz reticente. Te sostengo en brazos y te acurrucas en mi pecho. No nos hemos perdido aún.

Noches se desdibujan conforme avanzamos. Del miedo saltamos a la complicidad, a una pasión de la que está prohibido hablar. No tenemos nombre para esto, y en esa ambigüedad florecemos. De mis labios no sale palabra alguna, pero sabes bien lo que mi silencio guarda.

Esa noche bailamos.

Tanto hemos compartido, aún después de tu partida, y jamás habíamos bailado. Mano en mano nos movemos, sin ritmo, sin saber cómo, pero bailamos.

Bailamos tú y yo, nuestros cuerpos llevados por la música, tu falda girando contigo, un remolino en el que ríes y ríes, espléndida. Tus manos toman las mías, tu pecho toca el mío. Latimos al unísono, mis ojos perdidos en tu sonrisa, sin un atisbo del miedo, del dolor.

Vivo, vivo por ti, por los breves instantes en que somos verdaderamente libres.

Bailamos canciones viejas, obsoletas. "Son reliquias como tú," dices juguetona.

Nos abrazamos durante aquellas canciones que te he dedicado, absortos en el otro. "Es un cliché," digo con ironía, recordando aquellas viejas películas que tanto adoramos.

Me besas.

Me besas, y el mundo se detiene.

Quizá sea cierto. Quizá he muerto ya. Quizá soy tan solo el fantasma del hombre que a ti se ha entregado entero.

Las cosas no son iguales, pero ahora, en mi muerte, tengo fe de que serán mejores. Por eso te entrego estas, mis palabras, para que no mueran en secreto, sino renazcan en nuestro abrazo.





Te amo, Erandi.

"That woman will be the death of you."

It's been a while since the last time I wrote to you, and for that I apologize.

Bad times give birth to good stories, but mine seems to have stopped. What should I write about that you don't already know?

I have remained static, trapped in the moment of your departure. You left, and behind you you have left a void as big as your heart, a hole that does not close, a wound that does not heal. Longing consumes me, burns me. And I, who have lived for you, want to die, to die as that tender bond that unites us has done, now a memory as painful as it is beautiful.

Perhaps I am already dead; nothing remains of me but a ghost, the increasingly diffuse memory of someone who spent sleepless nights for you, caressed by your voice through the phone, dreaming of the warmth of your skin and the moisture of your breath.

I remember how much of you drew a smile on my face: your aroma in the wind, your smile at sunset. I remember the color of your hair, your hands caressing my face, the tenderness with which you intone my name. Clandestine we were, hidden from the world, ours an open secret.

Do you remember, darling, the promises of yesterday? "Never" is longer than "forever."

I don't even know if you remember who I was. Perhaps this is death: ceasing to be, as if it had never been, waking up from a half-remembered dream.

"That woman will be the death of you," said the daughter of spring.

Ours is a nocturnal ritual: the clandestine arrival, the slight creak of the door; the first brushes, tender greeting of two, of she who waits and he who arrives; a hand that pulls, a hand that guides, that invites the visitor to explore, to make his between the sheets that skin, that body, that night that extends, for us, infinite.

Skin against skin, I can feel the beating of your heart, your slow breathing, caressed by your hands and by your melancholy sighs.

Small deaths accentuate our meeting, moments in which darkness surrounds us, the entire universe in a kiss.

My heart stops as I look into your eyes.

The way back home is silent, my soul taciturn. Through the misted windshield I see the lights of the dawning city, the last moments of the dying night, that sky that little by little turns blue.

I have experienced this moment countless times. At the end of the road lies that empty bed, that rushed morning to reach the gray world of routine and work. That's life.

On the threshold of day, I am reborn alien to you, engrossed by the mundane. I go, I return; time passes slowly in anticipation of what is to come.

The night will be ours, and ours alone.

"That woman will be the death of you," said the daughter of spring.

I smiled.

An eternity passes in dreams. Waking up brings back the pain of your absence, the agony of loss.

You are here and you are not.

How to continue, if you don't lie here, where my hands can touch you, where my heart can sing the words that my mouth is unable to pronounce?

It is not loneliness that torments; whoever walks my path has chosen silence and peace.

No.

The anguish comes from a deeper place, from an intimate wound: the knowledge that I've been cast down from the firmament of your affection. I have fallen from grace, lost the cause of my struggle, extinguished the spark of my spirit.

I have been told that you will be the death of me.

I know how much you hate me repeating it. I've known since the first time I told you and fear clouded your face. You fear that it is true, that the heart that I have given you withers in your hands, that anguish consumes me at last, dragging me to the bottom, far from you, far from all help.

I notice it in your eyes, in the trembling of your lips as you implore me not to say it, not to echo that dire prophecy.

I see your outstretched hand and I don't know whether to take it. I am proud, a faithful champion of my dignity. How am I to know that this is not pity, the evil of charity?

I resent, I abhor, I hate. I want to rip out of me this vile feeling, this pulsing putrefaction that corrodes and poisons me. You fade in my mind, as if the exile of your effigy could heal my wounds.

I cannot put the blame on you, the crushing weight of responsibility. You owe me nothing. Why, then, do I agonize hearing my name on your lips?

"That woman will be the death of you," said the daughter of spring.

I smiled.

"Not my death: proof that I was once alive."

The ritual repeats night after night. Fearfully at first, cautiously; making a mistake means falling.

Your touch is distant, your voice reticent. I hold you in my arms and you cuddle on my chest. We are not lost yet.

Nights blur as we go forward. From fear we jump to complicity, to a passion we are forbidden of talking about. We have no name for this, and in that ambiguity we flourish. No word comes from my lips, but you know well what my silence keeps.

That night we dance.

We have shared so much, even after your departure, and we had never danced. Hand in hand we move, without rhythm, without knowing how, but we dance.

We dance you and I, our bodies carried by the music, your skirt spinning with you, a whirlpool in which you laugh and laugh, splendid. Your hands take mine, your chest touches my own. We beat in unison, my eyes lost in your smile, without a hint of fear, of pain.

I live, I live for you, for the brief moments when we are truly free.

We dance to old, obsolete songs. "They're relics just like you," you playfully say.

We embrace during the songs I've dedicated to you, lost in each other. "It's a cliché," I say wryly, remembering those old movies we love so much.

You kiss me.

You kiss me, and the world stops.

Maybe it's true. Maybe I'm already dead. Perhaps I am just the ghost of the man who has given himself to you entirely.

Things are not the same, but now, in my death, I have faith that they will be better. That is why I give you these, my words, so that they don't die in secret, but are instead reborn in our embrace.



I love you, Erandi.

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