Tijuana Gothic
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Hoy los Otros están despiertos.

Son las dos y cuarto de la tarde cuando me aventuro a la calle, no más contento de emprender el camino que de permanecer. El aire caliente y seco, polvoriento heraldo del otoño, llena mis pulmones con cada inhalación; no se puede huir del viento de Santa Ana.

Echo a andar calle abajo, esquivando autos conforme mis pies aceleran, ansioso por dejar atrás el asfixiante laberinto que es el centro de esta ciudad. Cruce tras cruce y acera tras acera se desvanecen tras mi paso, cien rostros desdibujados en el rabillo del ojo: he aquí los Otros que, como yo, avanzan con la vista en alto sin saberse compañeros rumbo al mismo destino.

Marchamos. El sol, inclemente, se cierne sobre nuestras cabezas cual ojo atento. Su luz calcina, azota, castigando a la gran masa de cemento y acero sobre la que marchamos, la maloliente y tosca criatura llamada Tijuana.

Tijuana, la horrible. Tijuana, la noble. Tijuana, nuestra madre. Es ella eterna contradicción, cuna y tumba de esperanzas, santa y meretriz. Para algunos, último bastión de la patria; para otros, infernal antesala del extinto sueño americano. Al abrigo de su cielo opaco, teñido por la gran nube de polvo y smog, nos retorcemos, heterogénea Legión de suplicantes, los hijos e hijas de la frontera: aquellos que sueñan con escapar, con cruzar el desierto hacia el ilusorio paraíso de California… y aquellos quienes laboramos bajo el sol, quienes hemos aprendido a vivir cuales gusanos en el miasma de esta ciudad agonizante.

Con cada paso que doy la putrefacción se vuelve más evidente. Grandes edificios corporativos ensombrecen casas ruinosas habitadas por familias rotas. Taxis destartalados zigzaguean entre la marea de autos con placas locales y extranjeras, el olor a gasolina entremezclado con el rancio olor de la alcantarilla y la comida echada a perder. En cada semáforo, un haitiano o un hondureño trata de ganarse un peso vendiendo fayuca y cigarros. Turistas gringos en busca de diversión hablan desvergonzadamente con el padrote o puta más cercana, haciendo caso omiso de la decadencia que los rodea– o tal vez abusando de ella.

Una calle más y llego al Adelita's, el table dance más cercano. Putero, lo llaman algunos: en sitios como éste siempre puedes comprar una chica con una botella y 50 verdes. Bueno, bonito, barato.

Sexo barato, vidas baratas. Las nuestras y las de las putas. Y hablando de putas…

Tres calles más y llego a Pasaje Rodríguez, refugio de góticos y punks que como cucarachas resistimos, portando los colores aún en el calor abrasador de la estación seca. Nos reunimos aquí los artistas malditos, los extraños, los insondables, en nuestros salones de graffiti y cemento desnudo.

Sentada en un café de aspecto bohemio, Azul me espera frappé en mano. Sonríe y me saluda de beso.

Azul no es cualquier prostituta. No lo digo porque sus precios estén en los cientos de dólares, ni por la clientela que la codicia y frecuenta; a esos los conozco bien porque se los procuro. Tampoco lo digo por las noches que ha pasado en mi cama; lo nuestro no tiene nombre, y preferimos mantenerlo así.

No. Azul no es cualquier prostituta porque no cualquiera con su oficio ve lo que yo veo. No cualquier persona sabe del doble mundo que transitamos, sobre las sombras que acechan en plena luz del día. No cualquiera ve a los Otros.

Me siento frente a ella y dejo que acaricie mis piernas, su sonrisa tierna y seductora.

"¿Lo has traído?" pregunta poniéndome un dedo bajo el mentón.

Deslizo un paquete diminuto hacia ella.

"Soy hombre de palabra," le digo. "Disfruta."

Azul toma el paquete y lo abre. Sus ojos contemplan el polvo blanco– yo también soy cómplice de la decadencia. Satisfecha, cierra el paquete y lo mete en su sostén.

"¿Quieres tomar algo, guapo?" dice dando pequeños sorbos a su frappé. "Yo te invito."

"Hoy no, Azul. Hoy los Otros están despiertos," susurro.

"Lo estamos," asiente ella. "Nos verás. Y quién sabe, quizá nosotros también te veamos a ti."

"Y a ti te veré en la noche, chula."

Me levanto y le doy otro beso, esta vez lascivo, obsceno, como si quisiera robarle el aliento. Doy la vuelta y no miro atrás.

La putrefacción aguarda nuevamente afuera de Pasaje Rodríguez. Está en el aire, donde el hedor de fruta echada a perder se cuela entre la peste a grasa de los puestos de tacos que invaden las aceras. Está en el suelo, donde la basura se amontona, festín de moscas y perros callejeros. Está en los mismos caminantes sudorosos, sucios, pérfidos.

Camino hacia la estación de autobuses, esquivando todo cuanto hay a mi paso: perros, puestos, personas– y a los Otros.

Salvador está en la esquina de siempre, mendigando. Su ropa está indeciblemente sucia, su barba un nido de migajas e inmundicia. Con ojos enrojecidos por el vicio extiende su mano al transeúnte, su voz ronca proclamando las desgracias que lo han traído hasta aquí. Ay de ti, Salvador, que has venido al mundo a sufrir y a suplicar.

Le arrojo una moneda de cinco pesos que Salvador rápidamente hace desaparecer, como si uno de sus congéneres pudiera aparecer de la nada y arrebatársela. No lo dudo. En los túneles, en los drenajes, la estirpe de Salvador crece desmedidamente, presa del mal que corroe sus arterias y cerebros, rechinando los dientes mientras lavan su ropa en agua sucia, mientras sus fogatas arden, olvidando cada vez más la luz del sol. Solo algunos se aventuran a la superficie para mendigar– o para cazar.

Porque de día Salvador es solamente un alma sin casa, pero en las noches se transforma. Con el vicio en las venas, sus ojos rojos se tornan negros, sus dientes podridos se vuelven colmillos, y el transeúnte presa fácil. Tal es la vida del hombre topo. Por eso pago ante él tributo, por eso transito su senda. Salvador, Salvador, acuérdate de mí, por si en la penumbra nos cruzamos no busques mi sangre.

Llego a la estación y subo al primer transporte de la Ruta 1, rumbo al mar. Mientras espero a los demás pasajeros, pienso en lo que he hablado con Azul. Los Otros están despiertos, hoy más que antes. No tardarán en subir, en sentarse a mi alrededor, rumbo a sus propias paradas.

Las personas a veces se asombran cuando hablo de los Otros. No entiendo por qué. Tijuana es un microcosmos asolado por la violencia, una ciudad en llamas donde la muerte es el pan de todos los días, donde los cadáveres mutilados y las mujeres violadas son tan mundanos como la puesta de sol. Sería extraño no tener nuestras propias historias de fantasmas.

Sube al camión Eddie, un gringo viejo y rosado, sus ojos ocultos tras gruesas gafas de sol. Una gorra verde con la bandera de su país bordada al frente le protege de la inclemente luz del día que ya comienza a decaer, sus manos aferrando una maleta negra que acomoda entre sus piernas apenas se sienta. Resopla un poco; los estragos de la edad no se llevan bien con el calor.

Me agrada Eddie. En esta era no es más que un fósil, una reliquia, lo mejor de los años 60. Detrás de esas gafas oscuras hay un par de ojos azules y tristes que llevan consigo la marchita esperanza de un mundo mejor; bajo su gorra yacen los blancos restos de la que fue una melena rubia y salvaje. Para mí, todo cuanto lo rodea es un recordatorio de lo inminente, y de lo difícil que es distinguir a los vivos de los muertos, a los Otros de los nuestros.

Justo detrás de Eddie, como todos los días, está Tomás, un paisano que lleva camisa a cuadros roja y jeans gastados. Se inclina hacia adelante y pone su nudosa mano en el hombro del gringo.

"Hey, Eddie!" saluda en alegre inglés, "You're going to the beach?"

"At this hour? With this weather?" responde Eddie. "Nah, man. I'm going home. Your old ass should do the same!"

Tomás es más mexicano que los nopales, bronceado por sesenta años de trabajo bajo el sol. Comparado con Eddie, es un mastodonte, sólido cual roble, vivaz como un adolescente. Bizarras amistades para un mundo bizarro: él y el gringo llevan tres décadas tuteándose, y otra más recorriendo el mismo camino todos los días. La frontera los hace y el diablo los junta. Sueltan una carcajada mientras el camión finalmente arranca, llevando a sus pasajeros, unos y Otros, hacia el sangrante horizonte. En la radio del chofer suena una triste melodía, trompeta de apariciones y almas perdidas.

Con la ventana abierta y el sol en la cara, pienso en la extraña magia del transporte público. Aquí se reúnen viajeros de todas partes, extraños todos, compañeros de ocasión. Lo inusual se aglomera, atraído por un faro impalpable e invisible más allá del Velo, una invitación que solamente los Otros reciben.

El autobús se detiene y sube un moreno, su rostro consumido cual esqueleto, su piel marchita abrigada en una sudadera gris. Con voz titubeante pero aguda anuncia que va a cantar una canción para ganarse un peso. Desafinado y con ojos llorosos, canta primero feliz cumpleaños a algún desconocido y abstracto cumpleañero, tropezando con las palabras que nacen de su garganta con agónico esfuerzo. Después alza aún más la voz y, como un mártir torturado, canta alabanzas a un Dios ausente, a una piedad inexistente, a un divino perdón que él jamás obtendrá. Nos cuenta, al terminar, que ha salido del peor de los infiernos, del averno del vicio y la perdición, y que por eso agradece y ruega de nosotros una moneda que le llene el estómago durante una noche. Pocas son las manos piadosas que conceden su petición.

El pobre cantor baja frente a la catedral y, persignándose, se pierde entre la muchedumbre. Ahí va uno más estragado por las drogas, otra víctima de la decadencia que supura de las heridas de esta ciudad.

Tomás se ríe.

"What do you think, Eddie? Did you like his voice? Bet you want him to sing at your funeral!"

"No, no. It's okay, man. Poor kid means no harm."

"If you change your mind let me know! We still got enough time before you kick the bucket."

¿Qué nos separa de los Otros? ¿Es el dinero, los verdes que podemos gastar en comida y bebida, en perversa diversión? ¿Es la violencia de la que, en nuestras cabezas, solamente el otro es capaz? Son los modales, dirá mi madre cuando le pregunte. Es multifactorial, responderá mi erudito padre. Pero yo sé, en el fondo, que la diferencia yace en un plano distinto, en algo que nos compete a hombres y bestias, algo sin nombre que anida en las almas de la frontera.

A mis oídos llega el sonido del aluminio cortado y doblado por manos delicadas, el rasgar de latas de cerveza siendo tornadas en pequeñas obras de arte. La he visto al subir, apenas un vistazo, pero estoy seguro de que es ella: la chica de las flores de aluminio. Hace algunos ayeres intentó venderme una de sus flores mientras tomaba yo un café en la plaza del mercado; la rechacé, más no olvidé su rostro, el canela de su piel, su cabello maltratado y enredado, sus ojos hundidos. La suya es una triste belleza, fría y estéril como sus flores.

Sucios vendajes envuelven las manos de la chica, donde las espinas la han mordido, donde el muerto metal ha bebido su sangre. ¿Vale la pena su dolor, los estigmas de sus manos, para dar a sus flores una pálida semblanza de vida? ¿Es así como ha de pagar por su pan, sangrando?

La radio gime versos ennegrecidos sobre sueños de lluvia y melancolía, sobre hombres extraños que rentan flores extrañas, mientras yo pienso en lo que costará rentarla a ella por hora. Sucio es mi pensar, culposo y perverso, pecaminoso. Los Otros y yo no somos tan diferentes después de todo.

In a flood of your tears, in sackcloth
And ashes and ashes and secondhand passion

Nos acercamos a la playa, la inclemancia del sol reemplazada por el frío abrazo de la niebla, por la gran nube de tormenta que se yergue ominosa, devorando al sol, al cielo, al horizonte. El autobús se detiene. Bajan unos, suben Otros. La chica de las flores se levanta, paseando entre los asientos en su primer y último intento de vender una de sus creaciones. Pasa de largo a Eddie, pero ofrece su trabajo a Tomás, quien a cambio entrega una moneda. Solidaridad.

Llega ante mí y repite la oferta de nuestro anterior encuentro. Esta vez acepto y, sin dejar de apretar la fría rosa entre mis manos, ofreciendo mi calor a sus pétalos metálicos, la veo esfumarse entre la neblina. De ella no quedan más que la flor, bañada en nuestra sangre.

Tomás me encara.

"¿Es guapa, no? Una lástima verla así, de verdad."

"No hay mucho que podamos hacer," respondo.

"Algún día acabará su penitencia," Tomás se encoge de hombros y devuelve su atención a Eddie, quien ronca en su asiento, "igual que la de él."

"Igual que la nuestra," susurro.

El autobús se interna más en la niebla, dando vueltas y doblando esquinas. Las luces de los autos son apenas destellos en la nada. Pocos pasajeros quedamos para cuando Tomás finalmente despierta a su amigo.

"I should beat your ass for letting me sleep," gruñe Eddie mientras se levanta del asiento. "I could die on this damn thing and you fools would have to carry my corpse!"

"Oh, Eddie, who says you ain't dead already?" Tomás bromea. "Go get some more rest, man. Tell your wife to make you some tea for your old bones."

"Oh, shut up! I ain't a day over eighty!"

"Fine, fine!" Tomás sonríe. "Take good care, my friend. God bless."

Él y Eddie se abrazan. El gringo baja del autobús y se dirige hacia una puerta cercana, arrastrando la maleta tras de sí. En silencio, le deseo una buena noche.

Volteo, pero Tomás no está más. En su asiento vacío hay una rosa de aluminio. Asiento, comprensivo. Estará ahí cuando Eddie vuelva a necesitarlo, como lo ha estado por treinta años, aún diez años desde que fue enterrado. Gringo suertudo, pienso. No todos tenemos un ángel guardián.

"Última parada," me dice el conductor.

Soy el único que queda. Miro por la ventana. La neblina es densa, pero puedo ver mi calle y, más allá, mi casa. Me esperan.

"Gracias," le digo al bajar.

"Gracias a usted. Y joven…" me dice el Otro antes de que la puerta se cierre, antes de esfumarse más allá. "Cuénteles. Cuénteles sobre Nosotros."

Asiento, y echo a andar por las frías calles de Tijuana.

Today the Others are awake.

It's a quarter past two in the afternoon when I venture out onto the street, no more happy to hit the road to stay behind. Hot, dry air, dusty harbinger of autumn, fills my lungs with each inhalation; there is no escape from the Santa Ana wind.

I head down the street, dodging cars as my feet quicken, eager to leave behind the suffocating maze that is the center of this city. Crossroads after crossroads and sidewalk after sidewalk vanish behind me, a hundred blurred faces in the corner of my eye: here are the Others who, like me, move forward with their eyes up, not knowing they are partners walking towards the same destination.

We march on. The merciless sun hangs over our heads like a peering eye. Its light burns, scourges, punishing the great mass of concrete and steel on which we march, the stinking, crude creature called Tijuana.

Tijuana, the horrible. Tijuana, the noble. Tijuana, our mother. She is eternal contradiction, cradle and tomb of hopes, saint and prostitute. For some, the last bastion of the homeland; for others, the hellish prelude to the extinct American Dream. Sheltered by its opaque sky, tinted by the great cloud of dust and smog, we writhe, heterogeneous Legion of supplicants, the sons and daughters of the frontier: those who dream of escaping, of crossing the desert towards the illusory paradise of California… and those of us who labor under the sun, who have learned to live like worms in the miasma of this dying city.

With every step I take the rot becomes more apparent. Large corporate buildings cast a shadow over ruinous houses inhabited by broken families. Dilapidated taxis surf through a tide of cars bearing local and foreign license plates, the smell of gasoline mixed with the stale stench of sewage and spoiled food. At every traffic light, a Haitian or a Honduran tries to earn a peso selling contraband and cigarettes. Fun-seeking gringo tourists talk shamelessly to the nearest pimp or whore, ignoring the decadence around them– or perhaps abusing it.

One more street and I reach Adelita's, the nearest strip club. Whorehouse, some call it: in places like this one you can always buy a girl with a bottle and 50 greens. Good, pretty, cheap.

Cheap sex, cheap lives. Ours and the whores'. And speaking of whores…

Three more streets and I arrive at Pasaje Rodríguez, a refuge for us goths and punks who resist like cockroaches, wearing our colors even in the scorching heat of the dry season. Here gather all the cursed artists, the strangers, the unfathomable ones, in our halls of graffiti and bare concrete.

Sitting in a bohemian-looking cafe, Azul awaits me, frappé in hand. She smiles and greets me with a kiss.

Azul is not just any prostitute. I don't say this because her prices are in the hundreds of dollars, nor because of the clientele that covets and frequents her; I know those well because I procure them for her. I also don't say it because of the nights she has spent in my bed; our thing has no name, and we prefer to keep it that way.

No. Azul is not just any prostitute because not everyone in her line of work sees what I see. Not everyone knows about the double world we live in, about the shadows that lurk in broad daylight. Not everyone sees the Others.

I sit across from her and let her caress my legs, her smile tender and seductive.

"Did you bring it?" she asks putting a finger under my chin.

I slide a tiny package toward her.

"I'm a man of my word," I tell her. "Enjoy."

Azul takes the package and opens it. Her eyes gaze upon the white powder– I too am an accomplice of decadence. Satisfied, she closes the package and tucks it into her bra.

"Do you want something to drink, handsome?" she says, taking small sips of her frappé. "My treat."

"Not today, Azul. Today the Others are awake," I whisper.

"We are," she agrees. "You will see us. And who knows, maybe we'll see you as well."

"And you I will see tonight, chula."

I get up and give her another kiss, this time a lewd, obscene one, as if I wanted to steal her breath. I turn around and don't look back.

Putrefaction awaits again outside of Pasaje Rodríguez. It's in the air, where the stench of spoiled fruit seeps through the greasy stink of taco stands that invade the sidewalks. It's on the ground, where garbage piles up, a feast for flies and stray dogs. It is in us, in the sweaty, dirty, perfidious walkers.

I walk towards the bus station, dodging everything in my path: dogs, stalls, people– and the Others.

Salvador is on his usual corner, begging. His clothes are unspeakably dirty, his beard a nest of crumbs and filth. With eyes reddened by vice, he extends his hand to the passerby, his hoarse voice proclaiming the misfortunes that have brought him here. Woe to you, Salvador, who has come into the world to suffer and beg.

I throw a five-peso coin at him, which Salvador quickly makes disappear, as if one of his peers might appear out of nowhere and snatch it from him. I do not doubt it. In the tunnels, in the drains, Salvador's kin grow unchecked, prey to the evil that corrodes their arteries and brains, gnashing their teeth while they wash their clothes in dirty water, while their fires burn, forgetting more and more the light of the sun. Only a few venture to the surface to beg – or to hunt.

Because by day Salvador is just a homeless soul, but at night he transforms. With vice in his veins, his red eyes turn black, his rotten teeth turn into fangs, and passersby are easy prey. Such is the life of the mole man. That's why I pay tribute to him, that's why I walk his path. Salvador, Salvador, remember me, so that if we cross paths in the dark you do not seek out my blood.

I arrive at the station and get on the first transport on Route 1, heading for the sea. While I wait for the other passengers, I think about what I've talked about with Azul. The Others are awake, today more than before. It won't take long for them to board, to sit around me, heading for their own stops.

People are sometimes amazed when I talk about the Others. I do not understand why. Tijuana is a microcosm ravaged by violence, a city on fire where death is our daily bread, where mutilated corpses and raped women are as mundane as the sunset. It would be strange not to have our own ghost stories.

Eddie, a pinkish old gringo, boards the bus, his eyes hidden behind thick sunglasses. A green cap with the flag of his country embroidered on the front protects him from the inclement light of the dying day, his hands clutching a black suitcase that he places between his legs as soon as he sits down. He wheezes a little; the ravages of age do not play well with the heat.

I like Eddie. In this era he is nothing more than a fossil, a relic, the very best of the 60s. Behind his dark glasses is a pair of sad blue eyes that carry with them the faded hope of a better world; beneath his cap lie the white remnants of what was once a wild blond mane. For me, everything around him is a reminder of imminence, and of how difficult it is to distinguish the living from the dead, the Others from ourselves.

Right behind Eddie, like every day, is Tomás, a man wearing a red plaid shirt and worn jeans. He leans forward and puts his gnarled hand on the gringo's shoulder.

"Hey, Eddie!" he happily greets in English, "You're going to the beach?"

"At this hour? With this weather?" Eddie responds. "Nah, man. I'm going home. Your old ass should do the same!"

Tomás is more Mexican than nopales, bronzed by sixty years of working under the sun. Compared to Eddie, he's a behemoth, solid as an oak, sprightly as a teenager. Bizarre friendships for a bizarre world: he and the gringo have been on a first-name basis for three decades, and another one following the same path every day. The border makes them and the devil brings them together. They burst out laughing as the truck finally pulls away, carrying its passengers, one and Other, toward the bleeding horizon. A sad tune plays on the driver's radio, a trumpet for apparitions and lost souls.

With the window open and the sun on my face, I think about the strange magic of public transportation. Travelers from every place gather here, all strangers, one-off companions. The unusual comes together, drawn by an impalpable and invisible beacon beyond the Veil, an invitation that only the Others receive.

The bus stops and a swarthy youth gets on, his face wasted away like a skeleton's, his withered skin wrapped in a gray sweatshirt. With a hesitant but sharp voice, he announces that he is going to sing a song to earn a peso. Out of tune and with teary eyes, he first sings happy birthday to some unknown and abstract birthday boy, stumbling over the words that come out of his throat with agonizing effort. Then he raises his voice even higher and, like a tortured martyr, sings praises to an absent God, to a non-existent mercy, to a divine forgiveness that he will never obtain. He tells us, at the end, that he has come out of the worst of hells, from the underworld of vice and perdition, and that is why he thanks us and begs us for a coin to fill his stomach for one night. Few are the pious hands that grant his request.

The poor singer gets down in front of the cathedral and, crossing himself, gets lost in the crowd. There goes one more ravaged by drugs, another victim of the decadence that bleeds out from this city's wounds.

Tomás laughs.

"What do you think, Eddie? Did you like his voice? Bet you want him to sing at your funeral!"

"No, no. It's okay, man. Poor kid means no harm."

"If you change your mind let me know! We still got enough time before you kick the bucket."

What separates us from the Others? Is it money, the greens that we can spend on food and drink, on wicked fun? Is it the violence of which, in our heads, only the Other is capable? It's manners, my mother will say when I ask her. It is multifactorial, my learned father will respond. But I know, deep down, that the difference lies on a different plane, in something that concerns both men and beasts, something nameless that nests in frontier souls.

The sound of aluminum being cut and folded by delicate hands reaches my ears, the tearing of beer cans being transformed into small works of art. I saw her as she got on the bus, just a glimpse, but I'm sure it's her: the girl with the aluminum flowers. Some yesterdays ago she tried to sell me one of her flowers while I was having a coffee in the market square; I rejected it, but I did not forget her face, her cinnamon skin, her mistreated and tangled hair, her sunken eyes. Hers is a sad beauty, cold and barren like her flowers.

Dirty bandages are wrapped around the girl's hands, where the thorns have bitten her, where the lifeless metal has drunk her blood. Is it worth her pain, the stigmata on her hands, to give her flowers a pale semblance of life? Is this how she has to pay for her bread, by bleeding?

The radio moans blackened verses about dreams of rain and melancholy, about strange men renting strange flowers, while I think what it would cost to rent her by the hour. Dirty are my thoughts, guilty and perverse, sinful. The Others and I are not so different after all.

In a flood of your tears, in sackcloth
And ashes and ashes and secondhand passion

We approach the beach, the sun's inclemency replaced by the cold embrace of the mist, by the great storm cloud that rises ominously, devouring the sun, the sky, the horizon. The bus stops. Some step down, Others get on. The flower girl gets up, pacing between the seats in her first and last attempt to sell one of her creations. She walks past Eddie, but offers her work to Tomás, who hands over a coin in return. Solidarity.

She comes before me and repeats the offer from our previous meeting. This time I accept and, still squeezing the cold rose between my hands, offering my warmth to its metallic petals, I see her disappear into the mist. Nothing remains of her but the flower, bathed in our blood.

Tomás faces me.

"She's pretty, isn't she? It's a shame to see her like this, really."

"There's not much we can do," I reply.

"Someday her penance will be over," Tomas shrugs and turns his attention back to Eddie, who is snoring in his seat, "just like his."

"Just like ours," I whisper.

The bus heads deeper into the fog, twisting and turning corners. Car lights are just flashes in the midst of nothingness. Few passengers are left by the time Tomás finally wakes up his friend.

"I should beat your ass for letting me sleep," Eddie groans as he gets up from his seat. "I could die on this damn thing and you fools would have to carry my corpse!"

"Oh, Eddie, who says you ain't dead already?" Tomás jokes. "Go get some more rest, man. Tell your wife to make you some tea for your old bones."

"Oh, shut up! I ain't a day over eighty!"

"Fine, fine!" Tomás smiles. "Take good care, my friend. God bless."

He and Eddie hug. The gringo gets off the bus and heads for a nearby door, dragging the suitcase behind him. Silently, I wish him a good night.

I turn around, but Tomás is no more. On his empty seat is an aluminum rose. I nod, understanding. He will be there when Eddie needs him again, as he has been for thirty years, still ten years since he was buried. Lucky gringo, I think. Not everyone has a guardian angel.

"Last stop," the driver tells me.

I'm the only one left. I look out the window. The fog is thick, but I can see my street and, beyond it, my house. I am awaited.

"Thanks," I tell him as I exit.

"Thank you. And young man…" the Other tells me before closing the door, before fading beyond. "Tell them. Tell them about Us."

I nod, and start my way down the cold streets of Tijuana.

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